Boletín de la Organización Mundial de la Salud

El animal urbano: densidad de población y patología social en roedores y en el ser humano

Edmund Ramsden a

En un número de Scientific American de 1962, el ecólogo John B. Calhoun presentó los resultados de una macabra serie de experimentos llevados a cabo en el Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) de los Estados Unidos de América.[1] Colocó a varias ratas de laboratorio en un entorno en el que, protegidas de enfermedades y predadores, y provistas de agua, comida y cobijo, se reprodujeron rápidamente. Lo único que les faltaba era espacio, problema que se fue agudizando a medida que lo que a él le gustaba llamar su "ciudad de ratas" o "utopía de roedores" se fue superpoblando. La frecuencia de los contactos sociales no deseados aumentó, produciendo un incremento del estrés y las agresiones. Según los trabajos del fisiólogo Hans Selye, el sistema adrenal ofrecía la solución dicotómica tradicional: luchar o huir.[2] Pero en ese entorno cerrado la huída era imposible. La violencia aumentó rápidamente hasta quedar fuera de control. Le siguieron el canibalismo y el infanticidio. Los machos se volvieron hipersexuales, pansexuales y, con frecuencia creciente, homosexuales. Calhoun llamó a esta vorágine “hundimiento conductual”. La población se redujo, acercándose a la extinción. Al final de los experimentos, los pocos animales que quedaban habían sobrevivido con un costo psicológico inmenso: sin actividad sexual y totalmente retraídos se apiñaban en una masa sin ocupación. Incluso después de reintroducirlos en comunidades normales de roedores, estos animales “socialmente autistas” permanecían aislados hasta la muerte. En palabras de uno de los colaboradores de Calhoun, la “utopia” había bajado a los “infiernos”.[3]

Los experimentos de Calhoun con ratas y ratones tuvieron una influencia enorme. Sus hallazgos causaron preocupación en aspectos como el crecimiento de la población, la degradación medioambiental o la violencia urbana. En el marco de un proyecto sobre la historia del estrés, Jon Adams de la London School of Economics y yo hemos seguido el traslado de los datos sobre la patología del hacinamiento generados en los laboratorios de roedores del NIMH a otros entornos ―edificios, instituciones y ciudades― por especialistas en ciencias sociales, urbanistas, arquitectos y médicos. Mientras los sociólogos urbanos y los psiquiatras sociales han explorado las relaciones entre la densidad de población y la patologías en sus estudios estadísticos, los psicólogos ambientales se centraron en el laboratorio y entornos como las prisiones, escuelas y hospitales. Los médicos y los especialistas en ciencias sociales se vieron atraídos por la posibilidad de obtener datos sobre las consecuencias importantes de una variable física y mensurable, la densidad de población, que exigían respuestas políticas. Muchos ya habían empezado a utilizar las ratas de Calhoun en apoyo de los programas de planificación familiar o en la mejora de las características físicas de las ciudades.[4]

Sin embargo, los resultados de los estudios humanos sobre el hacinamiento no fueron homogéneos. En una serie de influyentes experimentos del psicólogo Jonathan Freedman, individuos empleados para llevar a cabo tareas en diferentes condiciones de densidad de población presentaron pocas patologías.[5] El centro de atención cambió de la simple identificación de las consecuencias patológicas de la densidad de población a los factores mediadores de sus efectos. A ello contribuyó la distinción entre "densidad" como medida física y "hacinamiento" como respuesta subjetiva.[6] El hecho de sentirse hacinado era determinado por una serie de factores sociales y psicológicos: el nivel de privacidad deseado por cada individuo, su capacidad para controlar las situaciones o su papel social. Aunque el aumento de la densidad de población fuera inevitable, el ser humano era capaz de hacer frente al hacinamiento.

Sin embargo, esto no significa que las investigaciones de Calhoun fueran rechazadas. Los investigadores reconocieron que los trabajos de Calhoun no trataban simplemente de la densidad en sentido físico, es decir, del número de individuos por unidad de superficie, sino también de los grados de interacción social. Reduciendo las interacciones no deseadas gracias a un mejor diseño del espacio ―por ejemplo, ofreciendo celdas individuales a los prisioneros o zonas independientes a los pacientes― podía evitarse el estrés relacionado con el hacinamiento.[7] Este fue el centro de atención de las investigaciones posteriores de Calhoun. Mejorando el diseño y aumentando el control, intentó crear comunidades de roedores más colaborativas y adaptables, capaces de soportar mayores densidades de población.[8]

La persistencia de los problemas de hacinamiento en las prisiones o de la congestión de los transportes aseguran la importancia del tema del estrés relacionado con el hacinamiento, pero a menudo no se reconoce plenamente la importancia de los experimentos de Calhoun. Hacia el final de su carrera, Calhoun, fallecido en 1995, estaba consternado por el hecho de que sus trabajos se asociaran con un mensaje simplista y negativo (la gran densidad de población equivale a patología) que hacía que su contribución se viera no sólo como errónea en el contexto humano, sino también peligrosa. Como han señalado los sociólogos Fischer y Baldassare, en el pensamiento contemporáneo predomina una visión extremadamente negativa, monstruosa incluso, de la vida urbana.[9] El hecho de centrarse en el hacinamiento no sólo ha hecho que se olvidaran los beneficios de la vida en ciudades con gran densidad de población, sino que se prestara menos atención de la debida a otras causas de patología urbana, como la pobreza o las desigualdades. No obstante, los trabajos de Calhoun tuvieron en cuenta muchos de estos factores e indicaron que podrían superarse, por lo que su papel merece ser reexaminado. ■


a. School of Humanities and Social Science, University of Exeter, Rennes Drive, Exeter, EX4 4RJ, England.

Correspondencia: Edmund Ramsden (e-mail: E.Ramsden@exeter.ac.uk).

Boletín de la Organización Mundial de la Salud 2009;87:82-82. doi: 10.2471/BLT.09.062836

Referencias

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