Boletín de la Organización Mundial de la Salud

Cuba ayuda a formar más médicos

La Escuela Latinoamericana de Medicina recibe a jóvenes apasionados de los países en desarrollo y los regresa a casa formados como médicos. De lo que se trata es de impulsar la equidad sanitaria, escribe Gail Reed. El desafío que se plantea ahora es lograr que las sociedades médicas los acepten.

La animación de la doctora Midalys Castilla va creciendo a medida que habla de los egresados de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) de La Habana integrados en los equipos médicos cubanos enviados a prestar servicio en Haití después del terremoto. A fines de febrero, 557 egresados de la ELAM de 27 países habían viajado a Puerto Príncipe para engrosar las filas de los equipos que harán funcionar los establecimientos de salud pública una vez superada la fase de emergencia. «El motivo por el que se creó nuestra escuela fue formar médicos dispuestos a trasladarse al sitio donde más se los necesite por el tiempo que sea necesario», dice la doctora Castilla, vicerrectora docente y fundadora de la escuela, que se creó con posterioridad a otro desastre que asoló la región hace más de diez años.

En 1998, centenares de médicos cubanos fueron enviados a Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua y la República Dominicana a raíz de dos huracanes devastadores. Prestaron servicios en lugares de difícil acceso a comunidades desatendidas, y su presencia planteó la cuestión de lo que sucedería cuando se marcharan de allí.

El dilema de la sostenibilidad motivó la decisión de establecer la ELAM, cuyo recinto principal está situado en la zona occidental de La Habana. Los primeros estudiantes centroamericanos llegaron en febrero de 1999 y se graduaron, al cabo de seis años, en 2005. Desde entonces, la escuela ha formado a 7248 médicos de 45 países; actualmente están inscritos 9362 alumnos de 100 países, principalmente de América, el Oriente Medio, África, Asia y las Islas del Pacífico.

La ELAM se distingue no solo por su tamaño, sino porque coincide con un puñado de instituciones semejantes repartidas por el mundo que fueron fundadas expresamente para abordar las inequidades del acceso a la atención médica. Varias facultades de medicina de Australia, Canadá, Filipinas, la República Bolivariana de Venezuela y Sudáfrica han hecho suya la premisa de la «responsabilidad social». La Organización Mundial de la Salud define la responsabilidad social de las facultades de medicina como la obligación de dirigir sus actividades de formación, investigación y servicios hacia la satisfacción de las necesidades prioritarias de salud de la comunidad, región o país al que tienen la obligación de servir.

La finalidad de la ELAM es formar a los médicos principalmente para que presten servicio público en comunidades urbanas y rurales desfavorecidas mediante la adquisición de competencias en materia de atención primaria integral, que van desde la promoción de la salud hasta el tratamiento y la rehabilitación. A cambio de la promesa no vinculante de ejercer en zonas desatendidas, los alumnos reciben una beca completa y un estipendio pequeño, y cuando se gradúan no tienen deudas escolares.

La forma en que la ELAM capta alumnos varía de un país a otro, donde los administradores de la escuela pueden involucrar en el proceso de selección a representantes de la embajada de Cuba, la sociedad civil local, organizaciones comunitarias o el gobierno. Los candidatos deben haber terminado la educación secundaria, tener un buen rendimiento escolar, poseer aptitudes y aprobar el examen de admisión. El número de solicitantes puede ser enorme; Javier Montero, alumno de tercer año originario del sur de Chile, recuerda que el año que él se postuló hubo 600 candidatos para ocupar 60 plazas.

Se da preferencia a los candidatos de bajos recursos, que de otra manera no podrían costearse los estudios médicos. «Como consecuencia, el 75% del alumnado proviene del tipo de comunidades que necesitan médicos, en particular de una gran variedad de minorías étnicas y pueblos indígenas», explica la doctora Castilla. Por ejemplo, la familia del alumno Alfredo Cayul son mapuches que practican la agricultura de subsistencia en Chile; la madre de Shereka Lewis, jamaiquina, es secretaria y su padrastro es carpintero; la madre de Keitumetse Joyce Let’sela, de Lesotho, es una maestra viuda; y Vanessa Avila, de California, es parte de la primera generación estadounidense de una familia mexicana inmigrante en la que el padre es jardinero y la madre es ama de casa.

Al ingresar en la escuela, los alumnos pasan entre tres y seis meses en un curso premédico por el que se pretende ponerlos a todos en el mismo nivel educativo. Los que no hablan español deben aprenderlo, pues es la lengua de enseñanza. Los dos años siguientes se concentran en las ciencias básicas, integradas en una nueva cátedra llamada morfofisiología del cuerpo humano, que comprende anatomía, fisiología, embriología, histología y anatomía patológica. «Esto permite que el alumno adquiera un conocimiento más holístico», comenta la doctora Castilla. Las materias científicas se integran con el contacto temprano con los pacientes, principalmente en consultorios comunitarios, con el fin de darle más importancia a la práctica clínica en la realidad.

Los tres años siguientes los alumnos se distribuyen en 14 facultades de medicina cubanas que en conjunto tienen una matrícula de 32 000 alumnos cubanos. Ahí, la medicina clínica —en particular la relación con los pacientes— se funde con la salud pública para crear la capacidad de atender las necesidades sanitarias de la comunidad y de los individuos.

Estos son los años más difíciles pero también los más estimulantes, afirman los alumnos, porque ya desde el tercer año se les asignan pacientes de los que deben hacerse cargo. Esto difiere considerablemente de muchos programas de estudios latinoamericanos, donde incluso en los años noventa del pasado siglo un estudio efectuado por la Organización Panamericana de la Salud indicaba que el 70% de las facultades de medicina no participaban en los servicios de salud de los países y tan solo un 17% dictaban cátedra en locales de atención primaria.

«Estamos aprendiendo medicina —yo estudio por lo menos cinco horas diarias— y también la dimensión humana de ser médico a través del ejemplo de nuestros profesores, y también el valor de otros profesionales sanitarios del equipo», comenta Javier Montero, de Chile, cuando se le pregunta qué es lo que más le importa de la experiencia clínica.

«Nos concentramos en la calidad», dice por su parte Ovidio Rodríguez, profesor de medicina interna en el Hospital Salvador Allende, por el que pasan 168 alumnos de la ELAM durante el tercer año de la carrera. «No regalamos las calificaciones. Pero ayudamos a los estudiantes a salir adelante.»

El cuarto año puede cursarse en Cuba o, en algunos casos, en el país de origen del alumno bajo la tutela de profesores cubanos. «Esto tiene la ventaja de familiarizar a los alumnos con el panorama sanitario y social con el que se enfrentarán después de graduarse», afirma Juan Carrizo, rector de la ELAM. «Además, les permite volver a relacionarse con su sistema de salud, sus comunidades y su cultura.»

Los estudiantes entrevistados comentaron acerca de los vínculos que se establecen cuando se estudia y se convive con gente de todo el mundo. «La diversidad, que creíamos iba a representar el problema más difícil, ha resultado ser nuestro punto más fuerte», reflexiona la doctora Castilla. El Consejo Estudiantil, integrado por un delegado de cada país escogido por votación, también realiza actividades dedicadas al patrimonio cultural de las distintas naciones. Organizaciones como el Movimiento Estudiantil de los Pueblos Originarios de América (MEPOA) agrupan a estudiantes indígenas aimaraes, mapuches, garifunas y otros, lo que para el líder estudiantil Alfredo Cayul es una importante experiencia unificadora.

Durante las vacaciones de verano, muchos estudiantes participan en proyectos de servicio a la comunidad en su lugar de origen, «lo que nos mantiene conectados y concientizados», comenta Pasha Jackson, alumno de segundo año originario de Los Ángeles (Estados Unidos). Pasha, otrora un prometedor jugador de futbol americano hasta que una lesión lo alejó del deporte, comenta que el recuerdo de la violencia de las pandillas en su vecindario y el que su abuela haya sido enfermera determinaron su deseo de «lograr un cambio mediante la medicina». Él y otros 11 de los 118 estudiantes de la ELAM procedentes de los Estados Unidos trabajaron el verano anterior con líderes de tribus de indios estadounidenses y la Universidad de Nuevo México para conocer las condiciones de vida en las reservas de los indios y en las comunidades rurales del estado. «Necesitamos ver cómo podemos aplicar lo que algunos consideran una educación idealista a nuestro propio país ahora, aprendiendo cómo vive la gente y las desigualdades sanitarias con las que habremos de enfrentarnos.»

Sus comentarios dan un indicio de las dificultades con que se enfrentan las escuelas innovadoras como la ELAM, que están luchando para ser aceptadas por las sociedades médicas nacionales y las entidades de homologación. En los Estados Unidos, 29 egresados de la ELAM están por tomar los exámenes para obtener la licencia y otros cinco ya han sido aceptados en residencias. El propio costo de tomar esos exámenes ha sido un problema para los estudiantes en ese y otros países. Pero otros egresados deben superar obstáculos aún más difíciles, pues su título debe ser homologado por sociedades médicas que a veces son reacias a hacerlo; e incluso si obtienen la homologación, no hay vacantes en el sector público, que es donde son más necesitados. «Este es un gran problema», dice la doctora Castilla. «Pero estamos avanzando en los países donde las sociedades médicas son más conscientes de la necesidad de este tipo de médicos jóvenes y donde los gobiernos les han destinado recursos.»

Los nuevos médicos trabajan en la mayor parte de los países americanos, incluidos los Estados Unidos, varios países africanos y una buena parte del Caribe de habla inglesa.

Tanto la ELAM como los sistemas sanitarios de todo el mundo que incorporan a sus egresados serán juzgados en última instancia por el grado en que puedan mejorar la situación sanitaria de los más pobres. La necesidad es innegable: en los 47 países representados en la primera promoción de la ELAM (1800 médicos), la relación de médicos por habitantes era de 0,98 médicos por 1000 habitantes, por comparación con Europa, con un promedio de más de 3 por 1000, y Cuba, con casi 6 por 1000.

Y al mismo tiempo, escuelas como la ELAM plantean un desafío al sector de la educación médica de todo el mundo para que adopte un mayor compromiso social. Como comenta Charles Boelen, quien fuera coordinador del programa de Recursos Humanos para la Salud de la OMS: «La idea de la responsabilidad social (merece) atención en todo el mundo, incluso dentro de los círculos médicos tradicionales… El mundo necesita con urgencia gente comprometida que genere los nuevos paradigmas de la formación médica.»

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