Directora General

Retos sanitarios: ¿cuál es nuestra postura?

Dra. Margaret Chan
Directora General de la Organización Mundial de la Salud

Palabras de presentación en el Foro Mundial de la Salud del G8 celebrado en el Instituto Aspen

Honorables ministros, colegas de la salud pública, dirigentes de la comunidad empresarial y la sociedad civil, señoras y señores,

Me han pedido que exponga cuál es nuestra postura ante los retos sanitarios que debemos abordar. Mi respuesta puede resumirse en pocas palabras: seguimos firmes en nuestra postura.

Nos encontramos ante el inicio de lo que según los expertos puede convertirse en la crisis financiera y la recesión económica más graves a nivel mundial desde el comienzo de la Gran Depresión en 1929.

Además estamos embarcados en la empresa más ambiciosa de la historia para reducir la pobreza y reducir la gran disparidad de resultados sanitarios.

La salud ocupa un lugar destacado en la agenda del desarrollo gracias a la abundancia de datos que demuestran su importancia, y una crisis financiera no puede hacer mella en esos datos probatorios.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio se basan en los valores de justicia social y equidad, así como en el acceso a medidas sanitarias que salvan vidas y a la promoción de la salud. Una crisis financiera no debería desviar de su norte la brújula moral del mundo.

Debemos hacer que los gobiernos, los líderes políticos y la comunidad internacional no sólo mantengan sus promesas y compromisos, sino que sigan ateniéndose también a la evidencia. Como ya les he dicho, nuestra postura es de firmeza.

Hay que aprovechar la experiencia adquirida en recesiones anteriores. Debemos reconocer que la salud es una inversión. En el pasado se cometieron errores. Se recortó el gasto sanitario.

Se introdujeron ineficiencias en la prestación de servicios, que provocaron un aumento de los costos y favorecieron el despilfarro. El acceso a la atención se vio distorsionado, pues los más ricos recibieron la mejor atención mientras que los pobres tuvieron que valerse por sí mismos.

En muchas decisiones de política se ignoraron valores y planteamientos de la atención primaria como la equidad, la prevención, la acción multisectorial y la autoayuda como mejor forma de ayuda. En África y en gran parte de América Latina y Asia, la atención de salud aún no se ha recuperado de esos errores. La atención sanitaria perdió equidad y eficiencia.

Las diferencias en materia de resultados sanitarios que vemos hoy día, entre los países y dentro de ellos, son las mayores de los últimos años. Las diferencias de esperanza de vida entre los países más ricos y los más pobres superan los 40 años.

La esperanza de vida de un niño de Lesotho es inferior en 42 años a la de un niño japonés. El gasto público anual en salud varía desde sólo US$ 20 por persona hasta más de US$ 6000.

La OMS estima que, cada año, el costo de la atención sanitaria empuja a unos 100 millones de personas a niveles inferiores al umbral de pobreza. Es una paradoja amarga que ello ocurra en un momento en que los organismos de desarrollo se han comprometido a reducir la pobreza, y esta grave crisis financiera la hace aún más amarga.

Señoras y señores,

Quisiera ahora trazar brevemente la historia de los actuales retos sanitarios.

En los años noventa asistimos a la lucha de la salud por hacerse un hueco en la agenda del desarrollo. El programa ampliado de inmunización, un legado de la erradicación de la viruela, fue un éxito, pero la cobertura alcanzó un techo que parecía infranqueable.

El VIH/SIDA anulaba los avances sanitarios, reduciendo la esperanza de vida, y desgarraba las sociedades, especialmente en el África subsahariana. La OMS declaró que la reaparición de la tuberculosis, en particular de sus formas farmacorresistentes, era una emergencia sanitaria mundial.

La situación de la malaria se consideraba estable, porque ya no podía empeorar más.

Los donantes manifestaron su escepticismo acerca de la eficacia de la ayuda, responsabilizando claramente a los países receptores por su falta de compromiso, su escasa capacidad para canalizar la ayuda, y los casos de corrupción que desviaban los beneficios.

Las cosas cambiaron en el año 2000, cuando el poder de la salud para impulsar el progreso socioeconómico quedó plasmado en la Declaración del Milenio y sus objetivos. El dinero no tardó en llegar. Las aportaciones de la asistencia oficial para el desarrollo destinadas a la salud pasaron de US$ 6500 millones en 2000 a más de US$ 14 000 millones en 2006.

Vimos surgir nuevas formas de ayuda, como el Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria, la Alianza GAVI, iniciativas impulsadas por presidentes y primeros ministros, fondos aportados por filántropos, tasas especiales en los billetes de avión; venta de bonos para financiar la inmunización, y compromisos anticipados de mercado para favorecer el desarrollo de nuevas vacunas.

Por primera vez, la mortalidad en la niñez por enfermedades prevenibles mediante vacunación cayó por debajo del listón de 10 millones, hasta los 9,2 millones de muertes estimadas para el año pasado. El acceso a tratamiento antirretrovírico contra el VIH/SIDA que prolonga la vida se amplió a más de 3 millones de personas en países de ingresos bajos y medios.

En varios países, los progresos de la lucha contra la tuberculosis fueron continuos e impresionantes. Tradicionalmente privada de fondos, la malaria llegó a contar con mil millones de dólares.

Pero el compromiso y el dinero no fueron suficientes; los progresos se detuvieron. Con ello aprendimos que las intervenciones contundentes y el dinero para implementarlas no se traducen en mejores resultados sanitarios si no se enmarcan en unos sistemas equitativos.

También observamos otro problema. A medida que aumentaba el número de iniciativas, los países receptores se veían desbordados por una ayuda de hecho ineficiente, pues adolecía de duplicaciones, fragmentación, muchos requisitos de presentación de informes, altos costos de transacción y una intensa competencia por el escaso personal sanitario disponible.

El escepticismo respecto a la eficacia de la ayuda dio paso al reconocimiento de que también había que modificar las políticas y las prácticas de los donantes.

Afortunadamente, la necesidad de fortalecer los sistemas de salud se ve ahora reconocida y ha captado la atención que desde hace tiempo merecía por parte de numerosas instancias: donantes, organismos internacionales, Fondo Mundial, Alianza GAVI, Alianza Sanitaria Internacional, G8, etc.

El año pasado, bajo el liderazgo del Japón, el G8 destacó la importancia del fortalecimiento de los sistemas de salud y concretó las necesidades de personal, fondos y datos. Debemos aprovechar el impulso conseguido.

Señoras y señores,

Quisiera felicitar a los organizadores de este foro por haber preparado una excelente agenda, que recoge los principales y extremadamente complejos desafíos sanitarios del momento.

De todos los ODM, el objetivo de reducción de la mortalidad materna es el que tiene menos probabilidades de verse cumplido en todas las regiones. No es de extrañar; al fin y al cabo, la reducción de la mortalidad materna depende totalmente de un sistema sanitario que funcione bien.

Como bien se señala en la agenda, el control de las enfermedades infecciosas es un problema pendiente.

No existen remedios milagrosos para los sistemas sanitarios desorganizados, pero sí pueden lograrse algunas victorias rápidas gracias, por ejemplo, a los fármacos que previenen la transmisión del VIH de la madre al hijo, el DOTS que cura la tuberculosis o los mosquiteros que protegen a los niños contra la malaria.

Debemos hacer las dos cosas: fortalecer los sistemas sanitarios y luchar contra las enfermedades con elevada mortalidad. Esas dos estrategias no son contradictorias, pero necesitan estar mejor equilibradas e integradas en iniciativas que estén realmente dirigidas por los países y alineadas con la capacidad y las prioridades nacionales.

Además de los indicados en los ODM, debemos hacer frente a otros problemas.

La salud se ve determinada en todo el mundo por las mismas y poderosas fuerzas. En todos los países, pobres y ricos, la salud está igualmente amenazada por tres tendencias universales: el envejecimiento de la población, una urbanización rápida y no planificada, y la globalización de modos de vida poco saludables.

En consecuencia, las enfermedades crónicas, consideradas durante mucho tiempo propias de las sociedades ricas, se han extendido a otros lugares. A nivel mundial, el 80% de la carga de enfermedades como las cardiopatías, la hipertensión, el cáncer y la diabetes se concentra hoy en los países de ingresos bajos y medios.

El aumento de las enfermedades crónicas supone una enorme carga para los sistemas sanitarios y agrava otros dos problemas, a saber, la atención a largo plazo, muy onerosa, y la grave escasez mundial de trabajadores sanitarios. Ambos problemas serán abordados por ustedes estos días.

Afortunadamente, las enfermedades crónicas comparten un número limitado de factores de riesgo que facilitan en gran medida su prevención. Desafortunadamente, sin embargo, la mayoría de esos factores de riesgo tienen su origen en sectores que escapan al control de la salud pública.

Eso nos remite a otra fuente de complejidad.

Nos han dicho que la crisis financiera es tan grave y tan contagiosa porque ha llegado en un momento en que se han alcanzado unos niveles de interconexión sin precedentes. Pero los países, las economías y los mercados no son los únicos interconectados. Otros sectores, como los de la agricultura, la energía, el transporte y el medio ambiente, también están estrechamente interrelacionados.

Los ámbitos normativos se han desdibujado. Muchos de los problemas sanitarios obligan a adoptar medidas de política conjuntas con otros sectores distintos de la salud. Asimismo, la acción normativa en otros sectores tiene importantes consecuencias para la salud. El cambio climático, con los múltiples peligros que implica para la salud, es un ejemplo claro.

La salud está determinada por los sistemas que rigen las relaciones internacionales en materia de comercio, finanzas, relaciones exteriores y otros ámbitos. El resultado neto de todas nuestras políticas internacionales debería ser la mejora de la calidad de vida del mayor número de personas posible.

La mayor equidad en lo referente al estado de salud de la población, entre los países y dentro de ellos, debe considerarse un indicador fundamental para evaluar nuestro progreso como sociedad civilizada.

Como se indica en su agenda, necesitamos mejores alianzas publicoprivadas, incentivos adecuados para las investigaciones sanitarias, una financiación más abundante y previsible, también para los sistemas de salud, y una mayor eficacia en el uso de la ayuda.

Pero también necesitamos una prestación de servicios más eficiente. El fortalecimiento de los sistemas de salud, basado a ser posible en la atención primaria, es la vía a seguir para incrementar la eficiencia y la equidad de la atención sanitaria, así como la seguridad en el sector sanitario y fuera de éste.

En su lucha por la cobertura universal, un sistema sanitario articula un sistema de valores guiado por la equidad, la justicia social y el respecto de las necesidades y las aspiraciones de todas las personas. Todos ellos son valores humanos fundamentales, imprescindibles para una buena gobernanza.

Señoras y señores,

Para concluir, querría plantear al al G8 un reto para esta nueva etapa bajo la presidencia de Italia.

Como ya dije al principio, debemos seguir en la misma dirección. Pero necesitamos ideas nuevas y con visión de futuro, además de una autoridad moral.

Este mundo no se convertirá de forma espontánea en un lugar justo en lo que a salud se refiere. Las decisiones económicas de cada país no se traducirán necesariamente en la protección de los pobres ni garantizarán el acceso universal a la atención básica de salud.

La globalización no se autorregulará para fomentar una distribución justa de los beneficios. Las empresas no se ocuparán automáticamente de los aspectos sociales cada vez que analicen sus ganancias.

Los acuerdos comerciales internacionales no garantizarán por sí solos la seguridad alimentaria, ni la seguridad laboral, ni la seguridad sanitaria, ni tampoco el acceso a medicamentos asequibles.

Todos esos resultados requieren decisiones normativas explícitas, y el G8 tiene la influencia y el poder necesarios para conformar esas decisiones.

La inacción tiene un precio muy alto, especialmente en un momento de crisis. Y un mundo con grandes desequilibrios en materia de salud no puede ser ni estable ni seguro.

Muchas gracias.

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