Directora General

Discurso pronunciado en el Comité Regional para Europa (59.ª reunión)

Dra. Margaret Chan
Directora General de la Organización Mundial de la Salud

Copenhague, Dinamarca
15 de septiembre de 2009

Señor Presidente, honorables ministros, distinguidos delegados, Dr. Danzon, señoras y señores:

Quisiera empezar con unas palabras de elogio al Dr. Danzon y a esta región por los muchos logros alcanzados durante su liderazgo. Esos logros arrancan de un momento en que los países europeos eran envidiados como un grupo bastante privilegiado, con un alto nivel de vida, una población con excelente salud, una alta esperanza de vida y un buen funcionamiento de los sistemas sanitarios.

Partiendo de esa situación de ventaja, la región amplió su agenda sanitaria para alcanzar nuevas fronteras. Fueron ustedes pioneros de las actividades relacionadas con le salud y medio ambiente, el impacto de la urbanización en la salud, incluida la salud mental, las necesidades sanitarias de los ancianos y la importancia de unos modos de vida sanos como medicina preventiva. Además, hicieron sonar la alarma ante el aumento de las enfermedades crónicas y, de nuevo, la necesidad de medidas de prevención.

Sentaron ustedes las bases para entender los determinantes sociales de la salud y abordarlos mediante políticas que valoran la cohesión y protección social como un objetivo político válido.

Todo ello se tradujo en unas actividades de amplias miras para todo el mundo. Como todos sabemos, esas cuestiones figuran hoy entre las principales preocupaciones de la salud pública en todas las regiones del mundo.

La agenda sanitaria de la región cambió extraordinariamente en los años noventa, al atravesar los países de Europa central y oriental un periodo de rápida transición política y económica. Viejos problemas de salud volvieron a aparecer o se hicieron más patentes, especialmente cuando disminuyó el gasto sanitario de los gobiernos.

Las hasta entonces bolsas de pobreza, o bolsas de problemas, se extendieron hasta afectar a países enteros, lo que puso aún más de relieve la estrecha relación entre riqueza y salud.

Algunos eventos concretos, como la reaparición de la tuberculosis y el retorno de las enfermedades prevenibles mediante vacunación, pusieron de manifiesto un deterioro alarmante de la capacidad básica de los sistemas sanitarios. Las consecuencias de los hábitos nocivos para la salud se hicieron más notorias, obligando de nuevo a dirigir la atención a los determinantes sociales de la salud.

La región respondió a esas disparidades con un verdadero espíritu de solidaridad. El privilegio se interpretó como responsabilidad, y se proporcionaron recursos para apoyar directamente a los países.

Entre las tareas pendientes se destacó la fragilidad de los sistemas de salud como una barrera fundamental para lograr resultados sanitarios más equitativos y se abordó la necesidad de reformas. De este modo, los funcionarios de salud de la región asumieron lo que debe ser uno de los retos más difíciles y cruciales de la salud pública hoy en día, a saber, la reforma del sector sanitario. Trabajaron ustedes con disciplina y rigor.

En 1998 se creó el Observatorio Europeo sobre los Sistemas y las Políticas de Salud, con esta oficina regional como socio fundador. Este Observatorio abordó un terreno a veces espinoso de las investigaciones y las políticas, extrajo enseñanzas y prácticas óptimas para contextos específicos, y logró hacer mucho más manejable un problema arrastrado desde hacía tiempo. Los estudios normalizados de los sistemas sanitarios en transición permitieron aplicar todo el poder de la evidencia y el análisis científicos a una causa fundamental de las disparidades sanitarias en Europa .

Y esta fue solo una de las medidas generales de mejora de la salud que el Dr. Danzon promovió al imprimir impulso a la agenda, nuevamente en beneficio de la salud pública internacional.

En la Conferencia Ministerial Europea de la OMS sobre Sistemas de Salud y en la Carta de Tallín de ella emanada se sostenía que los sistemas de salud que funcionan bien contribuyen tanto a la riqueza como a la salud. La Carta aglutinó muchas líneas de pensamiento y debate en un marco coherente y prudente, con opciones bien definidas para la acción.

Frases como "la salud en todas las políticas", "todo ministro es un ministro de salud" y "la salud es riqueza" han pasado a formar parte del vocabulario del desarrollo sanitario internacional. Y esto ha sucedido en un momento en que, como resultado de las crisis, líderes mundiales y ministros de otros sectores de todo el mundo se han visto obligados a escucharnos muy atentamente. No está mal como legado.

Marc, colaborar contigo ha sido para mí un gran placer personal y profesional. Bajo tu liderazgo, los logros de esta región han ampliado de nuevo la agenda sanitaria, y todo el mundo se beneficiará de ello para cumplir los compromisos internacionales en pro de la salud, como los Objetivos de Desarrollo del Milenio, en un momento en que varias crisis nos acosan en distintos frentes.

Como ya han observado ustedes en esta región, unos sistemas de salud robustos son esenciales para poder capear esta tormenta y las que vendrán, como son el deterioro económico, el cambio climático, la pandemia de gripe y otras muchas crisis mundiales que nuestro mundo imperfecto nos deparará sin duda.

Señoras y señores:

Permítanme citar aquí una frase extraída de uno de sus documentos. “Las autoridades sanitarias de Europa ven con preocupación que el sistema económico actual no distribuye la riqueza en función de los valores de solidaridad y equidad, y que eso dificulta la mejora de los resultados sanitarios.”

Ese es precisamente el núcleo del problema. El informe de la Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud, dado a conocer el pasado mes de agosto, incluye una declaración particularmente sorprendente: «La aplicación de las recomendaciones de la Comisión depende de que haya cambios en el funcionamiento de la economía mundial».

Esa afirmación provocó entonces cierto asombro. La revista The Economist publicó una reseña en la que elogiaba los ambiciosos objetivos del informe pero señalaba que su aspiración de corregir la desigual distribución de poder y dinero era en gran parte un lamento inútil.

Un mes más tarde tan solo, la crisis financiera sacudió repentinamente a todo el planeta, asestándole un duro golpe en su punto más vulnerable: el dinero. La codicia había sembrado el terreno de la crisis, que se propagó de forma incontrolada al fallar la gobernanza de las empresas y la gestión de riesgos a todos los niveles del sistema.

En un mundo caracterizado por una interdependencia cada vez mayor entre las naciones, los errores cometidos en cualquier país o sector son sumamente contagiosos. Y las consecuencias son profundamente injustas. Los países en desarrollo son los más vulnerables y también los menos preparados para resistir; los más castigados, y los que más tardan en recuperarse.

En cierto sentido, los Objetivos de Desarrollo del Milenio son una estrategia correctiva. Intentan compensar unos sistemas y políticas internacionales que generan beneficios pero carecen de normas que garanticen una distribución justa de esos beneficios.

Existe una imperiosa necesidad de esos Objetivos y del gran número de nuevas iniciativas e instrumentos encaminados a mejorar la salud, que están siendo muy fructíferos, pero no abordan las causas fundamentales de las grandes diferencias observadas en los resultados sanitarios. Esas causas hunden sus raíces en unas políticas imperfectas. Esta conclusión, a mi juicio, es uno de los resultados más importantes de los trabajos de la Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud.

Ciertos analistas políticos y académicos predicen ahora el fin del modelo capitalista y señalan indicios de que la globalización está en retroceso. Hemos podido oír algunas conclusiones rotundas, como la de que la fe ciega en el poder de las fuerzas del mercado para resolver cualquier problema no estaba justificada.

Se ha aconsejado a los líderes mundiales que están luchando para reenderezar sus economías que se inspiren en Europa. Un Estado del bienestar bien gestionado no está reñido con la globalización. Al contrario, algunos consideran que es su salvación.

Como todos sabemos, los sistemas y políticas internacionales que rigen los mercados financieros, las economías, el comercio y las relaciones exteriores no han adoptado la justicia como un objetivo explícito de política en su funcionamiento.

Son demasiados los modelos de desarrollo que han asumido que las condiciones de vida y el estado de salud de los pobres mejorarían automáticamente de una forma u otra a medida que los países se modernizaran, liberalizasen su comercio y mejoraran su economía. No ha sido así.

Son demasiados los sistemas internacionales que han actuado favoreciendo a quienes gozan ya de una situación acomodada. En realidad, las diferencias en los resultados de salud solo se podrán mitigar, y los sistemas de salud solo aspirarán a una mayor justicia, el día en que la equidad sea un objetivo de política explícito, también en los sectores distintos de la salud.

El dinero mueve el mundo, y siempre será así. Pero, como hemos podido comprobar, las fuerzas del mercado, por sí solas, no resolverán los problemas sociales. El mundo debe girar en torno a un sistema de valores. Necesitamos esa simetría. De lo contrario, una situación ya peligrosa de enormes desequilibrios, en términos de ingresos, de oportunidades y de salud, no puede sino empeorar.

Líderes de sectores mucho más influyentes que el de la salud están señalando eso mismo. En la cumbre de abril del G-20 en Londres, los líderes mundiales abogaron por rediseñar radicalmente los sistemas internacionales para que incorporen una dimensión moral y sean capaces de responder a los verdaderos valores e inquietudes sociales. Manifestaron que es necesario dotar a esos sistemas de valores como el sentido de comunidad, la solidaridad, la equidad y la justicia social.

Nos alegramos de que los líderes mundiales asuman esos nuevos planteamientos, pero a la salud pública ese lenguaje le resulta familiar, pues se remonta nada menos que a la Declaración de Alma-Ata.

No deja de ser una ironía que, por una vez, los bandazos de la historia sean favorables a la salud pública. El potencial de la Declaración de Alma-Ata para revolucionar la prestación de la atención de salud se vio abortado por una crisis petrolífera, una recesión económica y la introducción de programas de ajuste estructural que recortaron los presupuestos destinados a servicios sociales, en particular a la atención sanitaria.

Actualmente, una crisis financiera y una grave recesión económica han empujado a los líderes mundiales hacia ese sistema de valores que siempre ha encarnado la atención primaria. Puede que esta vez, en un mundo vapuleado por tantas crisis, se preste por fin oídos a unos argumentos largo tiempo ignorados.

Señoras y señores:

La salud pública nada pudo decir ante las políticas que sembraron la crisis financiera o crearon las condiciones del cambio climático. Pero la salud pública tiene mucho que decir sobre la pandemia de gripe y sobre la manera de gestionarla y de reducir su impacto.

En esta ocasión los jefes de Estado y los ministros de finanzas, turismo y comercio escucharán atentamente a los ministros de salud. En esta ocasión, la necesidad de garantizar "la salud en todas las políticas" se ha hecho manifiesta. En esta ocasión, los argumentos habituales sobre la necesidad de crear capacidad sanitaria básica de forma integradora serán persuasivos.

Hasta la fecha, podemos alegrarnos por la evolución que ha seguido la pandemia. La inmensa mayoría de los casos siguen presentando síntomas leves y se recuperan totalmente en el plazo de una semana, incluso sin haber recibido tratamiento médico.

Pero clínicamente nos hallamos ante un virus de extremos, sin términos medios. En un extremo están los casos leves, pero en el otro hay un pequeño porcentaje de pacientes que desarrollan rápidamente un cuadro muy grave.

Aunque los casos son pocos, la carga que suponen para los servicios de salud es desproporcionadamente alta. Para salvar esas vidas hay que contar con unos servicios de cuidados intensivos altamente especializados, con equipo igualmente especializado y personal muy cualificado. En los países que carecen de tales medios, esas vidas correrán un gran peligro.

Lo mismo puede decirse, por supuesto, respecto a muchas otras enfermedades y problemas de salud. La precariedad de los medios siempre cuesta vidas. Pero esta pandemia, en mi opinión, nos recordará esa misma idea de forma especialmente visible y trágica.

Creo que esta pandemia será un evento decisivo. Se está produciendo en una coyuntura en la que las diferencias de ingresos, situación sanitaria y calidad de la atención, entre los países y dentro de ellos, superan las de cualquier otro momento de la historia reciente. La pandemia va a someter a prueba la capacidad del mundo para instaurar una cierta justicia.

Un virus que causa trastornos manejables en los países prósperos tendrá muy probablemente efectos devastadores en países que carecen de suficientes centros y trabajadores sanitarios, de suministros regulares de medicamentos esenciales y de los medios diagnósticos y laboratorios necesarios, y en donde gran parte de la población no tiene acceso a agua salubre y saneamiento. Para esas poblaciones, los consejos de lavarse las manos, llamar al médico o acudir rápidamente a urgencias apenas tendrán sentido.

Les daré solo un ejemplo concreto. Sabemos, por todos los brotes que hemos visto, que las embarazadas presentan un mayor riesgo de sufrir una infección grave o mortal. El aumento de la mortalidad de esas mujeres como consecuencia de la pandemia será trágico en todas partes, pero más aún en el mundo en desarrollo, pues allí las cifras serán mucho mayores.

Más del 99% de la mortalidad materna afecta ya al mundo en desarrollo, donde esa variable constituye uno de los principales indicadores del mal funcionamiento y la falta de equidad de los sistemas de salud.

Desde que asumí el cargo, la salud de la mujer ha sido una de mis prioridades. Un compromiso renovado en la atención primaria es fundamental para secundar los esfuerzos de mejora de la salud de la mujer. Esa relación queda claramente patente en un informe que encargué sobre la mujer y la salud. El informe, que se publicará en noviembre, analiza los muchos riesgos sanitarios que deben afrontar las mujeres a lo largo de su vida, y presenta una agenda para hacer que cambie esa situación.

Al igual que ha hecho esta región con los sistemas sanitarios, debemos lograr que la agenda de la salud de la mujer sea viable, con opciones de política bien definidas, y con unos argumentos contundentes, basados en datos probatorios sólidos, a favor de la mayor atención e inversión que merece.

Señoras y señores:

Quisiera concluir con unas breves palabras de agradecimiento.

Muchos de los países representados en esta sala han desempeñado un papel primordial en el lanzamiento de nuevas iniciativas sanitarias para el mundo en desarrollo y en la concepción de fórmulas innovadoras para obtener fondos adicionales. Están ustedes abordando también la necesidad apremiante de imprimir más eficacia a la ayuda.

Cuando el privilegio se interpreta como responsabilidad, volvemos a encontrar aquellos valores, como la equidad, la solidaridad y la cohesión y protección social, que están en el núcleo de su contribución a la mejora de la salud, no solo a nivel regional, sino en todo el mundo.

Muchas gracias.

Compartir