Directora General

Fortalecer la cooperación multilateral en materia de propiedad intelectual y salud pública

Dra Margaret Chan
Directora General de la Organización Mundial de la Salud

Alocución ante la Conferencia sobre Propiedad Intelectual y Cuestiones de Política Pública, organizada por la OMPI
14 de julio de 2009

Excelentísimo Embajador Sr. Mbaye, Director General Francis Gurry, Director General Pascal Lamy, honorables ministros, distinguidos jefes de organismos, distinguidos delegados, señoras y señores:

La OMS valora mucho la colaboración que mantiene con la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. Los ámbitos en que se cruzan nuestros mandatos son escenario de algunos de los problemas más acuciantes para la salud pública.

Somos plenamente conscientes de la necesidad de un sistema de propiedad intelectual que recompense la innovación en aras de su sostenibilidad.

Agradezco mucho esta oportunidad de dirigirme a una audiencia con conocimientos especializados en materia de propiedad intelectual, sobre todo teniendo en cuenta el énfasis que se hace en las cuestiones de política pública.

Los progresos en salud pública dependen de la innovación. Algunos de los mayores avances en pro de la salud han seguido al desarrollo e introducción de nuevos medicamentos y vacunas.

Hay que seguir innovando para adelantarse a la aparición de farmacorresistencia, especialmente ante enfermedades como la malaria y la tuberculosis. Y hay que innovar para no quedar a la zaga ante la emergencia de nuevas enfermedades, en particular de la gripe pandémica causada por el nuevo virus H1N1.

La innovación potencia la eficiencia operacional de los programas de control. Para muchas enfermedades estrechamente asociadas a la pobreza, el inteligente diseño de algunos productos es una baza para compensar determinados puntos débiles de los sistemas asistenciales. Por ejemplo, productos que pueden ser administrados con seguridad por personal no médico ayudan a paliar la escasez de personal sanitario cualificado, problema este muy grave tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo.

Los productos adaptados a la asistencia domiciliaria ayudan a contrarrestar el fracaso de los intentos de los servicios de salud de llegar a las zonas remotas, lo cual es especialmente importante en el caso de enfermedades como la malaria, que puede matar en solo 24 tras la aparición de los síntomas.

La simplificación del envasado o de los regímenes terapéuticos aumenta el seguimiento del tratamiento por los pacientes, sobre todo entre quienes tienen poca cultura sanitaria. Unos instrumentos de diagnóstico mejorados propician un uso más racional de los medicamentos, y eso ayuda a retrasar la aparición de farmacorresistencia.

Aunque nadie cuestiona la necesidad de la innovación, hay una serie de interrogantes a los que es cada vez más urgente responder. ¿Por qué hay tantas personas a las que no llegan los beneficios de la innovación? ¿Por qué hay tantas enfermedades asociadas a la pobreza para las que solo se dispone de armas muy rudimentarias?

¿Qué podemos hacer para que el ciclo de descubrimiento, desarrollo y comercialización de productos sea más eficiente y sensible a las necesidades sanitarias en el mundo en desarrollo?

O, para formular estas preguntas desde la perspectiva de la sociedad civil, ¿no va siendo hora de dar prioridad a la gente y a los pacientes, especialmente a aquellos con necesidades desatendidas?

Ante el estancamiento de los progresos hacia los Objetivos de Desarrollo del Milenio que observamos en algunas zonas del mundo, otros aspectos nos interpelan: ¿por qué siguen muriendo cada año tantos millones de personas por falta de acceso a intervenciones que funcionan? ¿Qué estrategias pueden aplicarse para hacer esas intervenciones más asequibles y accesibles?

Casi todas estas preguntas pueden responderse total o parcialmente con una sola palabra: pobreza.

Los vacíos que observamos en los resultados sanitarios tienen muchas causas, pero la pobreza es el factor más generalizado. La pobreza impide el acceso a las intervenciones existentes. Como tiende a concentrarse en lugares a los que es difícil llegar, ese factor limita el acceso a los servicios que median esas intervenciones.

El costo de la atención, en particular el precio de los medicamentos, puede ser una limitación insuperable para los hogares empobrecidos, especialmente cuando los gastos se cubren mediante pagos directos. La OMS calcula que esos gastos hunden cada año a unos cien millones de personas por debajo del umbral de pobreza.

Ello representa una amarga paradoja en un momento en que la comunidad internacional se ha embarcado en la iniciativa más ambiciosa jamás emprendida para reducir la pobreza y las enormes brechas que muestran los resultados sanitarios.

La pobreza impide además el desarrollo de nuevos productos contra las enfermedades de los pobres. Con los actuales sistemas de propiedad intelectual, la pobreza es un desincentivo para la innovación. La protección por patentes opera como un estímulo para la investigación y el desarrollo de nuevos productos, pero lo que se busca son productos que generen beneficios.

En resumen, las fuerzas del mercado y los incentivos que las animan, como la protección mediante patentes, no permiten por sí solos abordar adecuadamente las necesidades sanitarias de los países en desarrollo. Es preciso idear incentivos que permitan corregir esos problemas derivados de los fallos del mercado.

Si la principal motivación de las empresas, incluidas las farmacéuticas, es lograr beneficios, ¿cómo podemos pretender que inviertan en I+D para enfermedades de los pobres, que no tienen poder adquisitivo? Este es el quid de la cuestión.

Y la cuestión más delicada es que unos sistemas y normas, como los erigidos para la propiedad intelectual y la protección mediante patentes, que resultan absolutamente razonables en muchos sectores parecen más cuestionables cuando se aplican a la salud humana.

La epidemia de VIH/SIDA trajo al primer plano la cuestión del acceso equitativo a los medicamentos. Cuando se introdujeron los eficaces tratamientos antirretrovirales, la capacidad de pago se convirtió en sinónimo de capacidad de sobrevivir para muchos millones de personas.

El principio ético es incuestionable: no se puede negar a la gente el acceso a intervenciones que salvan vidas por razones injustas, en particular por la imposibilidad de pagar.

Son todos éstos interrogantes y dilemas difíciles. Tal como se desprende del título de esta reunión, se requiere una acción multilateral enérgica. Se requiere también, como hemos demostrado entre nosotros, una resuelta colaboración entre organismos, como la OMPI, la Organización Mundial del Comercio y la OMS.

Es preciso asimismo que esta colaboración logre resolver otros problemas espinosos de la salud pública, como los que rodean a los productos médicos falsificados y los productos genéricos legítimos.

Señoras y señores:

Me complace poder informarles de que en estos momentos hay en marcha muchas actividades que están abriendo camino.

El pasado mes de mayo, la Asamblea Mundial de la Salud adoptó una resolución sobre Salud pública, innovación y propiedad intelectual. Culminaban así las negociaciones más difíciles y conflictivas que hayan entablado nunca la OMS y sus Estados Miembros. El consenso por fin logrado, después de horas y horas, años y años de tensas deliberaciones, representa todo un triunfo para la salud pública.

La estrategia mundial y plan de acción resultante trazan las líneas de acción acordadas para conseguir unos productos médicos más accesibles y asequibles, especialmente en el mundo en desarrollo.

Con este plan ya en marcha, la OMS y un gran número de socios, que abarcan desde el mundo universitario y la industria hasta los gobiernos y la sociedad civil, están aprovechando los sistemas de innovación y propiedad intelectual para atender las necesidades sanitarias en el mundo en desarrollo.

¿Por qué considero esto un triunfo? Les seré franca. Una y otra vez, la salud queda marginada al establecer las políticas que configuran el mundo actual. Cuando las políticas sanitarias chocan con las perspectivas de beneficio económico, los intereses económicos acaban prevaleciendo sobre la salud, una y otra vez.

Una y otra vez, la salud es la principal víctima de políticas cortoplacistas de estrechas miras desarrolladas en otros sectores, como los mercados financieros, el uso de la energía, y la producción y comercialización de alimentos.

Pero no en este caso. Por una vez, el sector de la salud puede asumir un papel proactivo al abordar una causa de muchos problemas de salud. El acuerdo sobre una estrategia mundial y plan de acción demuestra que las fuerzas que rigen el desarrollo y la fijación de precios de los productos médicos pueden efectivamente ser encauzadas de manera que propicien un acceso más equitativo a los medicamentos.

Es indudable que la I+D puede verse impulsada tanto por las necesidades como por la lógica del beneficio. Los acuerdos internacionales que rigen el comercio mundial pueden configurarse de manera que ayuden a responder a las necesidades sanitarias de los pobres.

Durante las negociaciones algunos representantes de la sociedad civil formularon una propuesta radical: abolir el actual sistema de propiedad intelectual y protección mediante patentes y reemplazarlo por algo intrínsecamente más sensible a las necesidades y preocupaciones sanitarias.

Como ya saben, no fue esa la solución que finalmente se acordó. Antes bien, se han ideado muchas estrategias imaginativas para sortear las consecuencias de los fallos del mercado en las poblaciones desatendidas y las enfermedades desatendidas.

Esas estrategias forman parte de una innovadora y estimulante búsqueda de nuevos productos y de fórmulas para mejorar su diseño y abaratarlos. En respuesta a esas necesidades, han surgido nuevas iniciativas y nuevos sistemas de incentivos que también están generando soluciones avanzadas para toda una serie de problemas relacionados.

Citaré tres ejemplos, de los muchos que hay.

En primer lugar, recientemente han aparecido alianzas publicoprivadas que han demostrado ser una alternativa prometedora para desarrollar productos nuevos contra las enfermedades que afectan desproporcionadamente a los pobres. Hasta ahora la búsqueda de productos nuevos para las enfermedades desatendidas podía calificarse por lo general de oportunista. Los productos existentes, desarrollados a menudo con fines veterinarios, se sometían a cribado para determinar su eficacia potencial como tratamiento de enfermedades humanas.

Pero últimamente esa búsqueda ha adquirido un carácter estratégico. Se identifica una necesidad desatendida, se define un producto óptimo, y se crea una alianza publicoprivada para desarrollar el producto.

Estas alianzas, que están generando nuevas armas contra el SIDA, la tuberculosis, la malaria y las enfermedades tropicales desatendidas, reúnen por lo general a especialistas del mundo académico, la industria y la salud pública, y obtienen su financiación de fuentes filantrópicas.

El Proyecto Vacunas contra la Meningitis ilustra el mucho valor añadido que puede obtenerse cuando se diseña un producto teniendo presentes las necesidades de los países muy pobres. El proyecto, lanzado en 2001, responde a la necesidad de disponer de una mejor vacuna contra la meningitis epidémica, una enfermedad devastadora que afecta exclusivamente a un cinturón de países del África subsahariana.

Se había definido un objetivo estratégico, consistente en desarrollar una vacuna nueva que permitiese a los programas de control superar su actual respuesta defensiva ante situaciones de emergencia y les brindara la oportunidad de eliminar de raíz la amenaza de aparición de epidemias.

La fijación de un precio asequible se consideró indispensable para el éxito del proyecto. Se consultó a los ministros de salud africanos cuánto podían permitirse pagar y se fijó el precio en consecuencia. El proyecto obligaba a colaborar con varias empresas y abría nuevas vías para la gestión de los derechos de propiedad intelectual.

Como segundo ejemplo cabe referirse a algunos mecanismos internacionales, como el Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria y la Alianza GAVI para la inmunización infantil, que han demostrado su potencial para garantizar una demanda en continuo aumento de medicamentos y vacunas.

En 2006 se sumó a esos mecanismos una novedosa iniciativa como es el UNITAID. Este sistema de compra de medicamentos emplea los fondos recaudados mediante una tasa sobre los billetes de avión para adquirir medicamentos con garantía de calidad para el mundo en desarrollo.

El UNITAID es un incentivo para la mejora de los productos, como por ejemplo el desarrollo de formulaciones pediátricas de fármacos antituberculosos. Lo voluminoso de las compras ha permitido reducir sustancialmente los precios. También se ha motivado a los fabricantes para que aumentaran su capacidad de producción, y garantizasen así el suministro ininterrumpido de medicamentos que salvan vidas paralelamente a la ampliación del alcance de las iniciativas sanitarias.

El UNITAID ha lanzado además una iniciativa de creación de una cartera común de patentes como una estrategia más para estimular la innovación.

Como último ejemplo, recordemos que la OMS dirige un programa de precalificación de los productos farmacéuticos, que incluye inspecciones sobre el terreno de las instalaciones de los fabricantes. Al dar su aprobación a productos de calidad asegurada, el sistema uniformiza las normas de calidad del mercado, pone orden y amplía la base de proveedores.

Un dato igualmente importante es que la OMS está ayudando a fabricantes del mundo en desarrollo a ser competitivos a nivel internacional sin menoscabo de la calidad y sin poner en peligro la seguridad de los consumidores.

El fomento de la competencia mediante la ampliación de la base de proveedores está cambiando la dinámica del mercado de vacunas para la salud pública. Los suministros son más abundantes y fiables, y una más amplia y sana competencia está empujando los precios a la baja, a veces de forma considerable. Como una ventaja más, la mejora de las competencias de las autoridades reguladoras y de los fabricantes es un componente explícito del programa.

Señoras y señores,

El mes pasado la OMS anunció el comienzo de la pandemia de gripe de 2009.

Aunque calculamos que la pandemia será de gravedad moderada, al menos en sus comienzos, el anuncio desató un súbito interés por las vacunas antipandémicas y una carrera para hacer pedidos.

Esta situación nos obliga a encarar, de forma harto patente y a nivel universal, algunos de los problemas a que aludí al principio.

La capacidad de fabricación de vacunas antigripales es finita y lamentablemente insuficiente para los 6800 millones de personas que hay en el mundo, casi todas ellas vulnerables a este virus totalmente nuevo y sumamente contagioso.

La mayor parte de esos suministros limitados irán a parar a los países ricos. Comprobamos así una vez más que la afluencia tiene sus ventajas, y que hay quienes carecen de acceso a los productos por no poder pagarlos.

Pero esto demuestra también la necesidad de innovación. Ese déficit de vacunas ante una necesidad universal es el resultado de una capacidad de fabricación mundial limitada, y en el fondo no tiene nada que ver con la propiedad intelectual.

Según vienen señalando ya desde hace tiempo los expertos, lo ideal sería que la vacuna protegiese tanto frente a los virus gripales estacionales como frente a varios virus pandémicos potenciales. Esta innovación aún no se ha producido, por lo que alentamos al sector de I+D y al mundo académico a trabajar en ello. Conseguiríamos así la mejor y más racional póliza de seguros para aumentar el suministro y lograr un acceso más equitativo.

Con buena voluntad y mucha determinación, incluidas acaloradas negociaciones, se ha conseguido superar algunos problemas del acceso y los precios relacionados con la propiedad intelectual, de lo cual nos congratulamos.

Sin embargo, la capacidad de pago, a nivel ya sea individual o nacional, sigue suponiendo una ventaja especial. En el campo de la salud, las políticas públicas seguirán siendo imperfectas mientras el acceso a intervenciones que salvan vidas esté ligado de algún modo a la afluencia.

En el terreno de la salud, la equidad puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Ese es el núcleo de las cuestiones de política pública que debemos abordar.

Muchas gracias.

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