Directora General

La Directora General de la OMS pronuncia un discurso en la Conferencia Mundial sobre los Determinantes Sociales de la Salud

Dra Margaret Chan
Directora General de la Organización Mundial de la Salud

Discurso inaugural pronunciado en la Conferencia Mundial sobre los Determinantes Sociales de la Salud
Río de Janeiro, Brasil

19 de octubre de 2011

Sus excelencias, honorables ministros, distinguidos delegados, colegas del campo de la salud pública, señoras y señores:

Es un gran placer participar en la inauguración de la Conferencia Mundial sobre los Determinantes Sociales de la Salud.

Es el Brasil un lugar idear para albergar el primer encuentro de este tipo. Por mucho tiempo este país ha disfrutado de un movimiento social fuerte, que es la fuerza impulsora de la reforma sanitaria como una vía para lograr mayor equidad.

Las reformas recientes son un reconocimiento de que la salud no es meramente un asunto biomédico sino que tiene dimensiones que se extienden a todos los segmentos de la sociedad y a todas las políticas que conforman el entorno social.

Las mejoras sorprendentes logradas en fecha reciente en los indicadores sanitarios clave de este país, como son la mortalidad en la niñez y la esperanza de vida, vienen a demostrar lo que puede lograrse cuando la equidad social se arraiga en la forma de pensar y en la política.

Señoras y señores:

Es mucho lo que está en el aire al momento de inaugurar esta conferencia mundial.

Hay vidas pendientes de un hilo, muchos millones de ellas. Estas vidas son truncadas de manera harto prematura porque no se han implantado las políticas correctas.

Lo que está en juego es ese deseo humano fundamental de tener una vida mejor, como también lo están las perspectivas de arrancar a miles de millones de personas de una trampa de pobreza eterna.

La cohesión, la estabilidad y la seguridad sociales están en riesgo, lo mismo en los distintos países que a escala internacional.

A ojos de los ciudadanos, también está en juego la credibilidad de los gobiernos. Como consta en la Constitución de la Organización Mundial de la Salud:

« Los gobiernos tienen responsabilidad en la salud de sus pueblos, la cual solo puede ser cumplida mediante la adopción de medidas sanitarias y sociales adecuadas. »

Como todos sabemos, muchos gobiernos se enfrentan con dificultades para cumplir este deber fundamental.

¿Cuántos países cuentan con una malla de seguridad que proteja a todos y cada uno de los ciudadanos y evite que se precipiten en la pobreza por culpa de unos gastos médicos catastróficos?

Lo que está en juego es la manera misma en que las sociedades miden el progreso. Por un tiempo más largo del que ninguno pueda recordar, el crecimiento económico lo ha sido todo, el fin de todo, la cura para todo.

En un mundo civilizado el progreso debería significar algo más que limitarse a ganar más y más dinero.

Se dijo en algún momento que la globalización sería la marea que pondría a flote todas las embarcaciones, cosa que nunca ocurrió. En lugar de ello, puso a flote las grandes embarcaciones, pero hundió o hizo encallar las pequeñas.

Todos sabemos lo que sucede en la realidad. La globalización genera beneficios, a veces enormes, pero carece de reglas para lograr la distribución justa de esos beneficios.

Lo mismo puede decirse de los sistemas internacionales que gobiernan el funcionamiento de este mundo nuestro tan interdependiente e interconectado, ya sea en los intercambios internacionales o mediante el comercio mundial.

El objetivo que se persigue es generar beneficios económicos, no distribuirlos de manera justa o uniforme.

Como resultado de ello, las diferencias —de ingresos, oportunidades, estado de salud y acceso a la asistencia, tanto dentro de los países como entre estos — son mayores hoy en día de lo que han sido en cualquier época de la historia reciente.

Un mundo con tantísimos desequilibrios en cuestiones de salud no puede ser estable ni seguro.

Señoras y señores:

Como dije antes, es apropiado que la Conferencia Mundial sobre los Determinantes Sociales de la Salud se celebre en el Brasil. Por otro lado, es fortuito que la primera conferencia sobre el tema tenga lugar en el año 2011.

Cabe recordar que en este año se cumple el 25.o aniversario de la Carta de Ottawa para el Fomento de la Salud, que marcó el punto de inflexión para entender la salud como bienestar y como una responsabilidad de los gobiernos. El año 2011 ha tenido su cuota de trastornos, desastres, crisis económicas y agitación social. Pero también ha sido testigo de dos acontecimientos trascendentales.

Primero, el rostro del Oriente Medio ha empezado a cambiar. Muchas poblaciones se han levantado para exigir reformas democráticas y respeto por los derechos humanos, entre los que figura el derecho a la salud.

Los alzamientos han sido a veces muy inspiradores, y otras, profundamente inquietantes.

Al igual que la crisis financiera de 2008, la marejada de alzamientos y protestas en el Oriente Medio parece haber tomado al mundo por sorpresa.

A posteriori, los analistas políticos y económicos han reconocido las causas profundas que permiten entender e incluso predecir la agitación.

Entre ellas mencionan las enormes desigualdades en los niveles de ingresos, en las oportunidades y, especialmente para los jóvenes, en el acceso a los servicios sociales.

Y llegan a la conclusión de que una mayor igualdad social tiene que ser el nuevo imperativo político y económico para lograr un mundo más seguro y a salvo.

La salud pública ocupa una posición muy estratégica para mejorar la equidad, especialmente cuando los servicios de salud se proporcionan siguiendo los valores, principios y métodos de la atención primaria de salud, como se hace en el Brasil.

El otro acontecimiento trascendental ocurrió en septiembre, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas, en un periodo especial de sesiones, examinó las graves repercusiones de las enfermedades crónicas no transmisibles en las sociedades y las economías.

Estas enfermedades están arrasando merced al impulso de fuerzas universales poderosas, como la urbanización acelerada y la universalización de modos de vida malsanos.

Si no se las ataja, las enfermedades no transmisibles destruyen lo que se ha ganado en cuanto a crecimiento económico. Anulan los beneficios de la modernización. Ocasionan la ruina.

A guisa de ejemplo, hay algunos países donde la atención de la diabetes consume por sí sola hasta el 15% del presupuesto nacional destinado a la salud.

En un estudio realizado hace poco por el Foro Económico Mundial y la Universidad de Harvard se calcula que, en los próximos 20 años, las enfermedades no transmisibles le costarán a la economía mundial más de US$ 30 billones, lo que equivale al 48% del producto interno bruto en 2010.

En muchas partes del mundo en desarrollo estas enfermedades crónicas se detectan tardíamente, cuando los pacientes ya necesitan una asistencia hospitalaria prolongada y costosa porque padecen complicaciones graves o episodios de agudización.

Casi toda la atención de estos enfermos se costea mediante pagos directos, lo que ocasiona unos gastos médicos catastróficos.

Por los motivos apuntados, las enfermedades no transmisibles golpean dos veces al desarrollo: primero, causando miles de millones de dólares en pérdidas del ingreso nacional; y segundo, empujando a la pobreza a millones de personas año tras año.

La prevención es por mucho la mejor opción frente al problema. Y la prevención es completamente factible y asequible sean cuales sean los recursos con que se cuente.

Por desgracia, los factores principales que intervienen en la aparición de estas enfermedades escapan a la voluntad directa de los funcionarios del sector de la salud.

En efecto, el sector de la salud no tiene control sobre la disponibilidad de alimentos chatarra procesados, que son baratos y cómodos, el consumo de tabaco y el alcohol ni los problemas de peso que acompañan a la vida sedentaria en las ciudades.

De manera análoga, las medidas preventivas caen fuera del ámbito del sector de la salud.

Ante estas enfermedades, la salud pública pierde el poder de ejercer un efecto directo sobre los resultados sanitarios.

En este momento no se me ocurre qué otro problema importante de salud afronta el mundo que ilustre tan profundamente la necesidad de implantar las políticas correctas en todos los sectores de la administración pública.

El sorprendente ascenso de estas enfermedades pone en evidencia los grandes daños colaterales a la salud causados por políticas formuladas en otros sectores y en los sistemas internacionales.

Knowing the right policies is easy. Policies that create social environments that make healthy choices the easy choices are well studied and have a proven track record of success.

Pero poner en práctica políticas de esta índole resulta enormemente difícil. Establecer y hacer cumplir políticas que promuevan la salud significa pugnar por lograr la justicia haciendo frente a intereses comerciales muy poderosos y persuasivos.

En todos los rincones del plantea se lucha actualmente contra la obesidad y el sobrepeso, cuya frecuencia aumenta vertiginosamente. Las tasas de obesidad en los niños están aumentando con mucha más rapidez que en los adultos.

Aquí no se trata de una falta de fuerza de voluntad por parte de las personas, sino de una falta de voluntad política en los niveles más altos.

A los niños de todo el mundo les encantan los personajes de los dibujos animados que les dicen lo que deben comer y beber.

Hace apenas doce días, el gobierno francés anunció planes para aplicar a las bebidas azucaradas un «impuesto a la obesidad». Un fabricante multinacional reaccionó de inmediato amenazando con congelar sus inversiones como represalia.

Cuando dirigimos la vista a la industria tabacalera, constatamos que un perro viejo y sucio sí que puede aprender algunos trucos nuevos.

Los esfuerzos de las gigantes multinacionales del tabaco para minar el Convenio Marco de la OMS para el Control del Tabaco han escalado nuevas alturas. Las tácticas antaño encubiertas ahora son abiertas y muy agresivas.

Los arbitrajes comerciales y de inversiones tan publicitados dirigidos contra el Uruguay y Australia tienen la finalidad evidente de infundir miedo en otros países que estén contemplando introducir medidas antitabáquicas igualmente enérgicas.

Muchos otros países están siendo víctimas de las mismas tácticas de intimidación. A cualquier país se le dificulta sobrellevar la carga económica de esta clase de litigios, pero ello es mucho peor para los países pequeños.

Frente a las presiones y tácticas de esta calaña, mi consejo es el siguiente: una población que sabe lo que es la salud responde a esos ataques con tácticas de astucia. Eduquen a la ciudadanía. Enséñenla bien. Manténganse firmes. No cedan a la presión.

Señoras y señores:

Durante esta conferencia se abordarán algunas de las fuerzas que socavan la salud como las que he mencionado. Las dificultades que hay que afrontar son enormes.

¿Acabarán por fin los gobiernos de poner la salud de las personas por delante de la salud de las empresas, especialmente en este momento en que la depresión económica se profundiza?

A mi modo de ver, esta conferencia mundial tendrá que ser el tercer acontecimiento trascendental del año.

Tenemos los conocimientos suficientes para actuar. Tenemos motivos muy poderosos, entre ellos los de carácter económico.

Tenemos que cambiar las reglas que gobiernan el mundo. Necesitamos persuadir a otros sectores y sistemas de que sitúen a la equidad como un objetivo explícito de las políticas.

Conocemos los resultados que se obtendrían: mayor cohesión, seguridad y estabilidad sociales.

En este mundo desordenado, torcido, acosado por la agitación esos resultados son un premio por el que vale la pena luchar, tanto en el sector de la salud como en muchos otros sectores.

Gracias, Brasil, por auspiciar esta conferencia y por enseñar con el ejemplo.

Muchas gracias a todos por su atención.

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