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Excelentísimo Señor Presidente Ernesto Zedillo,
Señor Secretario de Salud, José Antonio González Fernández,
Dr. Alleyne,
Distinguidos participantes,
Colegas, miembros de la prensa:
El miércoles pasado estuve en una reunión multitudinaria en
Bangkok. De pie sobre una plataforma, veía un mar de gorras azules y
camisetas blancas. Como olas se sucedían los eslóganes contra el
tabaco. Diez mil voluntarios sanitarios procedentes de aldeas de toda
Tailandia se habían desplazado a pie o en bicicleta hasta la ciudad
para celebrar el Día Mundial sin Tabaco. Se estaba promoviendo la salud
a una escala gigantesca. Del nivel local al regional, del regional al
nacional, la población estaba movilizada.
Los discursos, por su parte, no consistían simplemente en decir que
no hay que fumar. No trataban de asuntos locales o incluso nacionales.
Se aludía en ellos a niveles de impuestos, a prohibiciones mundiales de
la publicidad y al convenio marco para la lucha antitabáquica. Estas
respuestas mundiales sustentan un movimiento nacional creciente en
Tailandia: un movimiento contra un desastre de salud pública que en
nuestro mundo de hoy acaba con la vida de un ser humano cada ocho
segundos.
Lo ocurrido ese miércoles por la mañana puso de relieve la esencia
de la promoción de la salud. Promover la salud es habilitar a las
personas para que mantengan la mente y el cuerpo en condiciones óptimas
durante el tiempo más largo posible. Eso significa que las personas
saben mantenerse sanas. Significa que viven en condiciones tales que los
modos de vida sanos son viables. Significa que está en sus manos el
hacer elecciones saludables. En efecto, la promoción de la salud tiene
que ver con la adopción de decisiones: en la familia, en la sociedad y
en el Estado. Tiene que ver con la adopción de decisiones en las
instituciones internacionales, ya se ocupen éstas del desarrollo, del
comercio, de la salud o de las finanzas.
Muchas cosas han pasado desde la última Conferencia Internacional
sobre Promoción de la Salud, celebrada en Yakarta en 1997. El paisaje
sanitario internacional está cambiando de manera radical. Es cada vez
mayor el número de personas que comprenden los beneficios que trae
aparejada la buena salud. Sabemos qué hay que hacer, en nuestra vida y
en nuestro entorno. Entendemos ahora más claramente que nunca los
vínculos existentes entre la salud, la política y la economía. Para
aquellos de nosotros reunidos aquí en México DF que estamos dedicados
a promover la salud, éste es realmente un momento lleno de
posibilidades.
Es un momento lleno de posibilidades porque sabemos sacar provecho de
la interdependencia creciente de nuestro mundo. Sí, la mundialización
atemoriza a algunos y causa incertidumbre a muchos más. Pero también
nos ofrece a todos genuinas oportunidades. Siguen apareciendo nuevas
oportunidades de solidaridad mundial. Hay una gran convergencia: de
valores, de ideas y de acción.
Al mismo tiempo, la búsqueda de la equidad y la
justicia en el ámbito de la salud supone ahora la participación de
más personas que nunca en una acción efectiva a nivel local,
reflejando así nuestra diversidad cultural y lingüística.
Reuniendo ambas tendencias, reconocemos el potencial que implica
vincular los valores mundiales con la acción local. Ésta es nuestra
responsabilidad como trabajadores en favor de la salud, como promotores
de la salud. Ningún grupo está en mejor posición para conseguir que
la mayor integración económica aporte beneficios a quienes más lo
necesitan. Alentando la solidaridad mundial al tiempo que nutrimos la
diversidad, ayudamos a modelar los acontecimientos conforme a los
valores de equidad y justicia.
Y un segundo motivo por el que éste es un momento lleno de
posibilidades. La salud está en el candelero, en todas partes. Interesa
a más y más personas. La salud ya no es una preocupación de los
profesionales únicamente. Moviliza a un público mucho más amplio.
Reflexionemos sobre lo que está ocurriendo:
- Las cuestiones de salud, tanto de carácter nacional como
internacional, ocupan un lugar destacado en el programa cuando los Jefes
de Estado, incluidos los líderes del G8, debaten los grandes problemas
políticos de nuestro tiempo. La semana pasada, sin ir más lejos, la
salud mundial fue uno de los elementos destacados en las discusiones de
la reunión cumbre europea-estadounidense.
- Hace un mes, los Jefes de Estado de África evaluaron las
repercusiones económicas del paludismo en el continente y sus
poblaciones. Asumieron la responsabilidad de emprender una acción en
todo el continente para ayudar a las personas a reducir a la mitad las
consecuencias del paludismo en su vida. Se comprometieron a fomentar una
serie de intervenciones de demostrada eficacia, poniéndolas a
disposición de los interesados en los propios hogares, cuando fuera
necesario.
- Son cada vez más los gobiernos que consideran la buena salud un
elemento decisivo de la seguridad humana. En algunos países, esta
combinación de desarrollo humano y seguridad nacional constituye la
base de la política exterior. No es de sorprender, pues, que el Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas se haya ocupado de un problema de
salud: el VIH/SIDA en África.
-
La movilización de recursos para mejorar las
actividades nacionales encaminadas a promover la salud figura en el
programa de los ministros de finanzas cuando examinan el tema del alivio
de la deuda con el Banco Mundial y el FMI.
-
El mejoramiento sostenido de la salud a nivel
internacional es un tema clave del informe del milenio del Secretario
General de las Naciones Unidas.
La salud ya ocupa un lugar central en los programas de desarrollo
nacionales e internacionales. Se reconoce cada vez más que la buena
salud es un requisito previo para que las comunidades estén en
condiciones de luchar contra la pobreza.
Aquéllos de nosotros que promovemos la salud ¿de qué manera
podemos aprovechar este momento lleno de posibilidades? Tenemos una
oportunidad sin igual para realizar un verdadero cambio. Nuestra misión
está clara. Debemos dotar de medios a las personas para que hagan
elecciones saludables para sí mismas y para sus familias.
Cuando hace 50 años la Organización Mundial de la
Salud se puso en marcha para mejorar la salud, se esperaba que los
antibióticos, las vacunas y la tecnología médica fueran los medios
para conseguir la salud para todos.
Sin embargo, décadas de desarrollo sanitario han mostrado claramente
que las tecnologías no bastan para garantizar la salud de la población.
Hay que ocuparse también de toda una serie de condiciones de orden
civil, cultural, económico, político y social.
Muchos de los determinantes principales del mejoramiento de la salud
son ajenos al sistema sanitario: conocimientos, puestos a disposición
de la población; medio ambiente no contaminado; acceso a servicios
básicos; sociedades justas; respeto de los derechos humanos; buen
gobierno; habilitación de las personas para que adopten decisiones
pertinentes para su vida y las hagan efectivas.
Pongámonos de acuerdo en los puntos clave: para que una persona
pueda decidir estar sana, primero necesita conocimientos. Conocimientos
precisos, fiables sobre cómo alcanzar un buen estado de salud, y sobre
los riesgos para la salud que se presentan en su vida cotidiana.
Necesita conocimientos que la ayuden a hacer las mejores elecciones
posibles y a ponerlas en práctica. Necesita saber de qué manera puede
disfrutar de una buena salud personal, y qué hace falta para que la
familia se mantenga sana. Como lo revelan las recientes tendencias a la
reducción de las enfermedades cardiacas y los cánceres en varios
países industrializados, los conocimientos prácticos, actualizados,
son un requisito previo para mejorar la salud.
El conocimiento es necesario, pero no suficiente. Para que una
persona pueda decidir estar sana, debe estar en condiciones de elegir
una salud mejor. Esto significa hacer las elecciones adecuadas y
ponerlas en práctica. Si la persona no puede proceder así, los nuevos
conocimientos conducen a la frustración. Éste es el motivo por el que
la promoción de la salud se ha centrado en gran medida en la temática
de las ciudades sanas, escuelas sanas, lugares de trabajo sanos y
hogares sanos. Entornos en los que las personas puedan elegir estar
sanas y poner en práctica sus elecciones en la vida diaria. Un buen
ejemplo es esta ciudad que a lo largo de la pasada década ha dado
grandes pasos para mejorar su medio ambiente.
No obstante, la combinación del conocimiento y un entorno sano a
veces no es suficiente. Puede que muchos no sientan aún que tienen en
sus manos la posibilidad de elegir una vida sana. El tercer elemento es
facilitarles los medios para que hagan las elecciones sanas que los
benefician, y las respeten. Esto supone contar con políticas locales,
nacionales, e incluso internacionales, que den libertad a las personas
para hacer lo que quieran, y necesiten.
-
Promover la salud sexual entre los adolescentes
requiere a menudo que las autoridades locales o nacionales adopten
políticas opuestas a creencias profundamente arraigadas.
-
Habilitar a las personas expuestas para que se
protejan a sí mismas y protejan a sus familias de los riesgos del
paludismo puede exigir la liberación del acceso a los mosquiteros, a
los insecticidas para impregnarlos y al tratamiento de los afectados por
la enfermedad.
- Capacitar a los jóvenes para que eviten el consumo de tabaco implica
una acción a escala mundial encaminada a limitar los intentos de la
industria tabacalera por inducir con empeño a los niños y los jóvenes
al hábito de fumar: el conocimiento y la exhortación, por sí solos,
son insuficientes para proteger a los menores de 20 años de la
adicción a la nicotina.
Promover la salud significa ir más allá de la estrecha casilla
tradicionalmente denominada «promoción de la salud». Por ello, cuando
me preguntan quién está a cargo de la promoción de la salud en la
OMS, respondo «yo misma». Todo el personal de los departamentos, ya se
encuentre en Ginebra, en las oficinas regionales o en las oficinas de
país, tiene responsabilidades explícitas respecto de la promoción de
la salud.
Promover la salud significa reducir los riesgos que la amenazan y
modificar los comportamientos que la afectan. Está claro cuál es
nuestra contribución. Ayudamos a facilitar conocimientos sobre los
determinantes de la salud, y velamos por que se difundan ampliamente.
Ayudamos a crear consenso sobre la manera en que esos conocimientos
pueden aplicarse, en diferentes situaciones, entre diferentes
comunidades. Fomentamos políticas públicas que ayuden a los propios
interesados a tomar las medidas necesarias para poner en práctica esos
conocimientos.
Reconocemos que esta labor plantea importantes retos:
-
¿Cómo equilibrar la función de los gobiernos de
aplicar políticas públicas que promuevan la salud, con la simultánea
habilitación de los individuos para que elijan lo que quieren para sí
mismos, en la medida en que su elección no perjudique a los demás?
-
¿Cómo podemos cerciorarnos de que los complejos
debates acerca de la interacción entre los diferentes riesgos para la
salud humana son comprensibles para la mayoría de las personas carentes
de conocimientos especializados, donde quiera que vivan, y cualesquiera
sean sus circunstancias?
-
¿Cómo podemos contribuir a que los sistemas de
salud se transformen en organizaciones que trabajen en beneficio de
todos, reflejen la compleja interacción de los riesgos para la salud
humana, y brinden un asesoramiento a los individuos, a las comunidades y
a las autoridades locales, que fomenta comportamientos positivos
respecto de la salud y la atención sanitaria?
-
¿Qué mecanismos son apropiados, y eficaces, para
llevar a cabo intervenciones transnacionales contra las amenazas a la
salud mundial, como lo es el tabaco?
-
¿Qué medios podemos utilizar para favorecer el
acceso a los bienes públicos, como los medicamentos esenciales, cuando
las personas no pueden acceder a ellos a causa de deficiencias
sistemáticas del mercado?
-
¿Cómo hacer efectivo el cumplimiento de normas
mínimas ambientales, laborales y sanitarias en un mundo en que los
inversores mueven los bienes en cuestión de meses y el capital en pocos
segundos para obtener ganancias máximas en un corto plazo?
Ustedes examinarán estas interrogantes en el transcurso de los
próximos días. Los Estados Miembros y la Secretaría de la
Organización Mundial de la Salud tienen una función primordial que
desempeñar ayudando a encontrar respuestas.
La estrategia general de la OMS ayuda a establecer prioridades.
Señala cuatro orientaciones estratégicas: reducir el exceso de
mortalidad y discapacidad, reducir los riesgos para la salud humana,
desarrollar sistemas de salud que permitan mejorar de manera equitativa
los resultados sanitarios, y colocar la salud en el centro de la
política económica y de desarrollo.
Estas cuatro orientaciones contienen elementos de promoción de la
salud. Cada una nos lleva a ocuparnos de la difusión de los
conocimientos, la creación de consenso sobre la manera de aplicarlos, y
el fomento de políticas de salud pública que alienten a las personas a
aplicar los conocimientos en su provecho.
En su carácter de organismo técnico internacional
para la salud, la OMS cumple varias funciones básicas que permiten
seguir esas orientaciones.
La OMS establecerá normas y presentará las pruebas científicas
pertinentes. Veamos, por ejemplo, la cuestión de la inocuidad de los
alimentos. Nuestra función básica es actuar como proveedor
independiente de conocimientos y pruebas científicas.
Sin embargo, no basta con proporcionar conocimientos. Las
comprobaciones científicas deben traducirse en acción. Debemos hablar
públicamente de la información que poseemos. Debemos ampliar el
ámbito de las organizaciones que están en condiciones de actuar.
Debemos crear coaliciones de diferentes asociados, en el plano nacional
y en el internacional. La colaboración con otros interesados permitirá
plasmar las ideas y los compromisos en mejores y más eficaces sistemas
de salud.
Asimismo, debemos ayudar a los decisores, los órganos de
reglamentación y a órganos que se ocupan del comercio a adoptar las
mejores decisiones posibles. Cuanto más difícil es el problema para la
sociedad, mayor es la necesidad de que la OMS ayude a los decisores a
formarse una opinión bien fundamentada.
En la OMS, hemos aprendido que los programas y las políticas tienen
mayores probabilidades de continuidad y éxito si las personas a las que
están destinados participan en su formulación y ejecución. Las
iniciativas que se basan en un solo sector tienen menos probabilidades
de ser eficaces que las actividades multisectoriales. Las iniciativas
locales, por su parte, tienen más probabilidades de ser eficaces cuando
son apoyadas por acciones mundiales.
La cuestión del tabaco es ilustrativa a este respecto. Actualmente,
el tabaco provoca 4 millones de muertes en el mundo entero, cifra
que se elevará a 10 millones de aquí al año 2030.
El 70% del aumento perjudicará a los países en desarrollo. El
convenio marco de la OMS para la lucha antitabáquica será uno de los
instrumentos más poderosos para promover la salud.
Las negociaciones pormenorizadas sobre este particular comenzarán en
octubre, y ya vemos despuntar un respaldo mundial sin precedentes a una
acción firme. La adopción del convenio, y su aplicación, serán un
paso decisivo de los países del mundo hacia la adopción de políticas
públicas promotoras de la salud.
Señor Presidente,
Promover la salud es una noble empresa, pero ¿es un fin en sí mismo?
Muchos de ustedes dirán que sí, y yo comparto esa opinión. No
obstante, quisiera que ampliáramos nuestras ambiciones. La salud es
importante no sólo por cuanto prolonga la vida y mejora su calidad; es
también un importante factor coadyuvante del desarrollo económico y
social.
La pobreza perpetúa la mala salud.
En todas nuestras actividades tenemos que prestar especial atención
al desafío de reducir la pobreza. El premio Nobel de Economía Amartya
Sen define la pobreza como «privación de capacidad». Sostiene que las
personas son pobres no sólo porque sus ingresos son bajos, sino
también porque carecen de acceso a los servicios básicos, como la
salud y la educación, que les hubieran dado mayor libertad. La pobreza,
dice este autor, priva gravemente a las personas de una serie de
elecciones que deberían poder hacer para vivir una vida satisfactoria.
Ahora bien, el mejoramiento de la salud reduce la
pobreza y hace posible el crecimiento.
Como en la Europa de finales del siglo XIX y
comienzos del siglo XX, hemos visto que los países en desarrollo que
invierten relativamente más, y bien, en la salud, tienen probabilidades
de lograr un mayor crecimiento económico.
En Asia oriental, por ejemplo, la esperanza de vida
aumentó en más de 18 años en los dos decenios que precedieron al más
espectacular despegue económico de la historia.
En un reciente análisis para el Banco Asiático de
Desarrollo se llegaba a la conclusión de que por lo menos una tercera
parte del fenomenal crecimiento de Asia entre 1965 y 1997 obedecía a la
inversión en la salud de la población.
Hay pruebas convincentes de que una acertada inversión en la salud
ayudará al mundo a dar un paso gigantesco en la lucha contra la pobreza.
Podemos reducir radicalmente la carga de morbilidad mundial. Si lo logramos, cientos de millones de personas estarán en
mejores condiciones de desarrollarse plenamente, disfrutar de sus
legítimos derechos humanos y ser una fuerza propulsora del desarrollo.
Se beneficiarán las personas, se beneficiará la economía y se
beneficiará también el medio ambiente.
Nuestra tarea no es nada menos que ésta. Es difícil, pero en este
momento lleno de posibilidades, aquí en México, podemos comprometernos
a cumplirla.
Gracias. |