Entre la producción de la vacuna y su uso puede transcurrir hasta un año. A menudo las vacunas han de sobrevivir a largos periodos de almacenamiento, y a miles de kilómetros de viaje hasta algunas de las comunidades más remotas de la Tierra. Durante esos largos trayectos, la amenaza de deterioro por efecto del calor es constante. Los IVV ayudan a los trabajadores sanitarios a determinar si las vacunas son aún utilizables.
