Nueva Zelandia: Ruby

La víspera de Navidad, en 2006, los padres de Ruby descubrieron que su hija de 14 meses estaba desaparecida. La encontraron boca abajo en la piscina de su casa: estaba gris, exánime y su corazón no latía.

Sacaron a Ruby del agua y su padre, Scott, le practicó la reanimación cardiopulmonar. Amanda, la madre, llamó a una ambulancia. Aunque ésta tardó 40 minutos en llegar, durante ese tiempo la niña fue asistida por un amigo de la familia que era médico de formación. Tras cierto esfuerzo, y para alivio de todos, el corazón de Ruby volvió a latir y la niña fue transportada rápidamente al hospital.

Dieron a Ruby un 10% de probabilidades de supervivencia. Advirtieron a Scott y a Amanda de que si sobrevivía, era muy probable que la niña sufriera daño cerebral a largo plazo. Pero después de pasar el día de Navidad en coma inducido, y tres semanas en la unidad de cuidados intensivos de pediatría, contra todo pronóstico, Ruby se recuperó milagrosamente.

Ruby recuperó poco a poco su fuerza. Aprendió a gatear y a caminar de nuevo y ha empezado a hablar. Su motricidad fina se vio afectada por lo que es atendida por un terapeuta ocupacional y un fisioterapeuta cada dos semanas. A su familia en Nueva Zelandia le han dicho que si hay algún daño neurológico a largo plazo tal vez se hará evidente cuando Ruby comience la escuela.

Aunque el caso de la supervivencia de Ruby no es un caso típico en niños que han experimentado lesiones no mortales por ahogamiento, las circunstancias en que se produjo el accidente sí son muy comunes. El hecho de que los adultos interrumpan la supervisión, aunque sea por un momento, es muchas veces un factor determinante del ahogamiento en niños.

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Foto de familia en la que aparece Ruby con sus padres y su hermana mayor, Abby
S. Cooper
Ruby (a la derecha) con sus padres y su hermana mayor, Abby