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Zika: Tenemos que prepararnos para un largo viaje

Dra. Margaret Chan, Directora General de la OMS

Comentario
1 de febrero de 2017

Dra. Margaret Chan, Directora General de la Organización Mundial de la Salud
Dra. Margaret Chan, Directora General de la Organización Mundial de la Salud
OMS

El 1 de febrero de 2016 declaré que el brote de enfermedad por el virus de Zika que se estaba propagando por las Américas constituía una emergencia de salud pública de importancia internacional. No fue una decisión fácil, pero, mirando atrás, fue la decisión correcta.

En aquel momento, la enfermedad propiamente dicha, que durante mucho tiempo se había minimizado al considerarla una misteriosa curiosidad médica, difícilmente podía haberse calificado de algo "extraordinario", que es el requisito esencial para declarar una emergencia sanitaria internacional. En los decenios transcurridos entre su descubrimiento en Uganda, en 1947, y su aparición en las Américas, solo se habían notificado unos pocos casos humanos de enfermedad por el virus de Zika.

Los 18 expertos internacionales que me asesoraron en el Comité de Emergencia acerca del virus de Zika disponían de algunos datos adicionales, pero que no eran concluyentes. En 2007, el virus de Zika salió de su territorio originario y causó un primer brote en la Isla de Yap, en el océano Pacífico occidental. El brote sorprendió, pero en última instancia fue tranquilizador. Si bien casi tres cuartas partes de la población fueron infectadas por el virus de Zika, solo unas 1000 personas presentaron síntomas de enfermedad atribuibles al virus. No hubo que hospitalizar a ningún enfermo y el brote se extinguió al cabo de solo tres meses.

«Como ocurre siempre que se declara un brote epidémico explosivo, el del Zika puso de manifiesto los fallos de la preparación colectiva a escala mundial».

Dra. Margaret Chan, Directora General de la OMS

La siguiente sorpresa fue más inquietante. La capacidad del virus de Zika para desencadenar brotes epidémicos quedó nuevamente demostrada de 2013 a 2014 en la Polinesia Francesa, donde se calcula que provocó unos 30 000 casos de la enfermedad. Si bien todos ellos fueron leves, extrañó a los médicos el aumento preocupante de los casos de síndrome de Guillain-Barré, una complicación neurológica grave y por lo general infrecuente. ¿Era solo una coincidencia o se trataba de algo más preocupante?

A principios de 2016, casi todos habíamos visto las desgarradoras imágenes de los recién nacidos brasileños de diminutas cabecitas y habíamos podido escuchar los trágicos relatos de la zozobra de sus madres y las sombrías perspectivas que se preveían para los bebés. La posibilidad de que la picadura de un mosquito durante el embarazo pudiera causar tan graves daños neurológicos en los bebés inquietó enormemente al público, y sorprendió a los científicos, que se preguntaban: ¿por qué precisamente ahora y por qué solo en el Brasil?

En aquellos momentos también se registraban en Brasil importantes brotes de dengue y de chikungunya. ¿Acaso los virus interactuaban de algún modo, amplificando los efectos, y dañaban el feto? ¿Acaso era responsable en parte algún agente del medio ambiente del nordeste del Brasil, el epicentro del brote, por ejemplo, algún producto químico o una toxina? Nadie tenía una respuesta concluyente.

Afortunadamente, los expertos del Comité de Emergencia tuvieron a su disposición nuevos datos. En un elegante ejemplo de labor detectivesca, una investigación retrospectiva del brote de la Polinesia Francesa sacó a la luz unas constataciones que sugerían fuertemente la existencia de un vínculo entre la infección por el virus de Zika durante el embarazo y el nacimiento de niños con microcefalia. Ya no se trataba de algo propio exclusivamente del Brasil.

Hace un año, cuando declaré la emergencia sanitaria internacional, fue ese presunto vínculo entre la infección por el virus de Zika y la microcefalia y otras complicaciones neurológicas lo que, según mis asesores, hacían del brote un evento "extraordinario".

El Zika también cumplía otros dos criterios de interés para declarar una emergencia de salud pública de importancia internacional. Como pocas poblaciones estaban inmunizadas contra esa enfermedad antes infrecuente, el virus podía propagarse rápidamente y sin control, ayudado por la gran abundancia de vuelos internacionales. Cualquier zona que pudiera albergar la especie de mosquito transmisora (Aedes aegypti) se consideró expuesta, lo que abarcaba a casi la mitad de la población mundial. Dada la cantidad de personas en riesgo y los escasos instrumentos de control disponibles, el brote exigía a todas luces una respuesta internacional coordinada.

Como ocurre siempre que se declara un brote epidémico explosivo, el del Zika puso de manifiesto los fallos de la preparación colectiva a escala mundial. Uno era la falta de acceso a los servicios de planificación de la familia. Otro, el desmantelamiento de los programas nacionales de control de los mosquitos.

Un año después, ¿cuál es la situación? La propagación internacional ha persistido, aunque ha mejorado la vigilancia. Unos 70 países y territorios de las Américas, África, Asia y el Pacífico Occidental han notificado casos desde 2015. Las consecuencias documentadas para los recién nacidos abarcan ya una larga lista denominada "síndrome congénito por el virus de Zika". Sabemos que el virus se puede transmitir por vía sexual, una razón más para recomendar que las mujeres en edad reproductiva adopten precauciones.

En lo que se refiere a la prevención, puede que no tardemos mucho en disponer de algún arma. En consonancia con las recomendaciones de la OMS, en varios países se están llevando a cabo pruebas piloto de enfoques innovadores del control de los mosquitos, y los resultados son alentadores. Están en estudio unas 40 vacunas candidatas. Si bien algunas ya están en fase de pruebas, puede que hasta 2020 no se disponga de una vacuna que se considere suficientemente segura para que la utilicen las mujeres en edad reproductiva, y que haya obtenido todas las autorizaciones.

En noviembre de 2016 revoqué la declaración de emergencia de salud pública de importancia internacional respecto del virus de Zika, de nuevo con el asesoramiento del Comité de Expertos. También fue una decisión correcta. En ese momento las investigaciones ya habían elucidado muchos de los aspectos que nueve meses antes hacían de la enfermedad algo "extraordinario". Persistían algunas incertidumbres, pero muchas cuestiones fundamentales ya tenían respuesta.

En muchas partes del mundo el virus está ahora firmemente acantonado. La OMS y los países afectados no han de manejar la infección por el virus de Zika como si se tratara de una emergencia sino de forma sostenida, igual que respondemos a otros patógenos epidemiógenos bien asentados, como los del dengue y del chikungunya, que van y vienen en oleadas de infección periódicas.

Por esa razón, la OMS ha creado un mecanismo destinado al conjunto de la Organización para proporcionar asesoramiento sostenido sobre intervenciones y apoyo a las familias, las comunidades y los países afectados por el virus de Zika. Para la comunidad investigadora, la OMS ha especificado las esferas prioritarias en las que se necesitan conocimientos urgentemente.

El viaje es largo, y tenemos que hacerlo juntos. La planificación estratégica de la OMS y su compromiso de colaborar con los asociados en la realización de intervenciones e investigaciones sostenidas contribuirán en gran medida a preparar al mundo para este difícil y aún penoso esfuerzo.

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