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Mensaje con motivo del Día Mundial del SIDA

La Dra. Margaret Chan, Directora General de la OMS


30 de noviembre de 2007

El primer Día Mundial del SIDA fue organizado por la OMS en 1988, cuando el mundo despertaba a esta enfermedad y sus múltiples y catastróficas consecuencias. Desde entonces, la epidemia ha cambiado de forma significativa y la conocemos cada vez mejor.

Ha habido algunas tendencias positivas. Los líderes de la mayoría de los países son plenamente concientes de la amenaza. La concienciación ha traído consigo el compromiso, y los recursos siguen aumentando, en particular para el desarrollo de nuevos instrumentos.

El informe de este año sobre la epidemia, preparado conjuntamente por el ONUSIDA y la OMS, indica que la incidencia del VIH ha alcanzado su nivel máximo a finales de la década de los noventa y que la prevalencia se mantiene estable desde 2001. Los datos presentados en ese informe también indican que las medidas preventivas están reduciendo las nuevas infecciones, especialmente en los jóvenes, y que el mayor acceso al tratamiento está contribuyendo a reducir las muertes asociadas al VIH.

Estas tendencias positivas enmascaran algunos cambios alarmantes. Mi principal mensaje de hoy es sencillo: no olvidemos África ni las mujeres.

Hoy en día, el VIH/SIDA se concentra de forma abrumadora en el África subsahariana, donde se nutre de la pobreza y al mismo tiempo atrapa en ella a las personas. Más de dos tercios de los infectados por el VIH viven en esta región, donde se producen más de las tres cuartas partes de las defunciones relacionadas con el VIH.

La proporción de mujeres infectadas por el VIH está aumentando en todas las regiones. En el África subsahariana se acerca al 61%, la más alta del mundo. La infección de la mujer amplifica la tragedia. Se trata de esposas, madres y cuidadoras, que a menudo constituyen la columna vertebral de la familia y de la cohesión de la comunidad.

El acceso al tratamiento sigue en aumento, pero estamos lejos de la meta de acceso universal a programas integrales de prevención, tratamiento, atención y apoyo. En 2007, hubo aproximadamente 1,7 millones de nuevos casos de infección por el VIH en el África subsahariana. Se calcula que 1,6 millones de personas murieron. Es decir, 1,6 millones de tragedias personales y familiares.

Al pensar en África es necesario recordar los importantes progresos alcanzados en un número cada vez mayor de países. Esto nos da esperanzas, y una serie de modelos de éxito. En países como Côte d'Ivoire y Kenya, la prevalencia ha alcanzado su valor máximo y ahora está disminuyendo año tras año. El liderazgo puede invertir la tendencia. Puede ser un liderazgo al más alto nivel de gobierno o el liderazgo por una figura pública que sirva de ejemplo hablando abiertamente del SIDA y de la necesidad de luchar contra la estigmatización. El liderazgo tiene muchas otras caras y formas, que van de la política exterior a la responsabilidad social empresarial y al apoyo de los líderes religiosos y la sociedad civil.

Tenemos varias cosas que hacer. El informe de 2007 utiliza una metodología más robusta, que permite evaluar mejor la dinámica de esta epidemia. Las estimaciones actuales son más precisas, pero todavía necesitamos mejores datos. ¿Cómo se explican las tendencias positivas? ¿Qué intervenciones específicas funcionan mejor en determinados entornos? ¿Dónde es necesario concentrar nuestros esfuerzos?

Tenemos que fortalecer los sistemas asistenciales. La debilidad de los sistemas de salud limita la capacidad de hacer llegar servicios preventivos y terapéuticos sostenibles a los más necesitados. Los servicios dotados de recursos insuficientes no pueden prevenir eficazmente la transmisión maternoinfantil del VIH, perpetuando una epidemia evitable en lactantes y niños.

Tenemos que prestar más apoyo a las mujeres. Aunque hace falta tiempo para mejorar las condiciones sociales del sexo femenino, su control sobre los ingresos domésticos y su educación, en este momento es posible mejorar el acceso a los servicios de salud sexual y reproductiva.

Los sistemas débiles también pueden ser incapaces de llegar de forma eficaz a las personas con alto riesgo de infección, tales como las que se encuentran en situaciones de conflicto y crisis, los hombres que tienen relaciones homosexuales, los consumidores de drogas inyectables, los trabajadores sexuales y los presos.

Tenemos que seguir adelante con los programas de atención y de tratamiento antirretrovírico para asegurarnos de que los impresionantes logros alcanzados se mantengan y amplíen, y millones de personas puedan recuperar la salud y la productividad. Tenemos que encontrar la forma de maximizar el impacto del tratamiento en la prevención del VIH, empezando por las embarazadas y las parejas no infectadas de los pacientes.

Para una mujer, el hecho de transmitir la infección a su hijo es causa de inenarrable dolor. Los servicios dotados de recursos insuficientes no pueden prevenir eficazmente la transmisión maternoinfantil del VIH, perpetuando una epidemia evitable en lactantes y niños. Debemos aprovechar todas las oportunidades para que las mujeres puedan saber si están infectadas o no.

Por último, otra cosa que podemos hacer ya es afrontar la epidemia simultánea de tuberculosis. Sin acceso al tratamiento antirretrovírico y a un tratamiento antituberculoso adecuado, la mayoría de las personas infectadas por el VIH que contraen la tuberculosis mueren rápidamente, a veces en cuestión de semanas. Existen intervenciones conjuntas eficaces contra la tuberculosis y el VIH, y es necesario ampliarlas de forma integrada para evitar esas muertes.

Los avances hechos desde 1988 han sido notables, pero todavía nos queda un largo camino por recorrer, especialmente en África, y sobre todo con respecto a las mujeres.

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