Tuberculosis (TB)

Introducción

En una choza oscura, agazapada en la falda de una remota montaña de Lesotho, un sacerdote ataviado con una capa con dibujos de piel de leopardo dirigía, desde una suerte de trono, los cánticos de los fieles que se esparcían armoniosamente por la pieza.

De su nariz caían gotas de sudor, y el aire inmóvil era tan caliente que me ardían las mejillas. Estaba deseando escapar al exterior, donde soplara algo de brisa, pero no me moví, como paralizado por el espectáculo y por la música.

Matsepe Lenkoe cubre sus ojos durante un servicio religioso en Sekhutlong, Lesotho
OMS/Dominic Chavez
Matsepe Lenkoe cubre sus ojos durante un servicio religioso en Sekhutlong, Lesotho.

Entonces vi a una mujer sentada contra la pared.

Estaba algo apartada de las 20 personas que se apretujaban sobre el suelo sucio. La había conocido la víspera: se llamaba Matsepe Lenkoe, y si me llamó la atención es porque había pasado el último año viviendo en otro universo, el de Maseru, la capital, a donde acudió para ser tratada contra la tuberculosis multirresistente. Al verla me asaltó el pensamiento de que aquel era un lugar idóneo para contraer la enfermedad: si una persona infectada tosía, cualquiera de nosotros podía inhalar la bacteria durante las horas que el sacerdote nos tuviera allí reunidos.

Me quedé en el interior de la choza. Era el principio de un viaje alrededor del mundo en el que me proponía descubrir más cosas sobre la forma en que el planeta daba respuesta a la tuberculosis multirresistente. Y allí, lejos de cualquier ciudad o carretera, en un país empobrecido, mientras el sudor me empapaba la espalda, aprendí la primera lección: el Gobierno de Lesotho nos había protegido, a mí y a cuantos estábamos reunidos aquella mañana en la Iglesia de Jerusalén de África. Gracias a que había decidido considerar que el tratamiento de esa infección era una emergencia y había instaurado con gran rapidez un vasto programa para prevenir la propagación de la tuberculosis y tratar a quienes albergaran cepas multirresistentes, no corríamos ningún peligro. Gracias a ese compromiso político, Lenkoe no sólo estaba viva, sino que había dejado de ser infecciosa.

Era un hecho muy notable. Y me pregunté: ¿había tenido suerte esa mujer?

Sin duda alguna.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que apenas un 10% de las cerca de 500.000 personas que cada año contraen la tuberculosis multirresistente reciben tratamiento. Y sólo a un 3% de ese medio millón se les estaban administrando medicamentos adquiridos a través del Comité Luz Verde, una iniciativa de la OMS y la Alianza Alto a la Tuberculosis que ayuda a los países a procurarse los medicamentos de calidad garantizada que se necesitan para tratar la infección.

La respuesta mundial para dar tratamiento a la tuberculosis farmacorresistente está empezando su andadura. Durante los últimos diez años, o incluso más, muchos países del mundo han ido instituyendo con éxito medidas de lucha contra la tuberculosis. Ahora, tomando apoyo en esa labor, deben enfrentarse a la amenaza aún más peligrosa que representa la tuberculosis farmacorresistente: cepas que no se pueden combatir con los medicamentos habituales.

Expertos del Departamento Alto a la Tuberculosis de la OMS y de la Alianza Alto a la Tuberculosis advierten que si los países no actúan ahora para atajar la forma multirresistente, el mundo se enfrentará a un contagio por vía aérea cada vez más difícil de tratar y de alcance más planetario. No habrá frontera que lo detenga e infectará a muchas más personas. Ya han aparecido los primeros signos: a principios de 2007 20 países habían notificado casos de tuberculosis ultrarresistente, y a finales de 2008 ya fueron 55, en parte porque los países habían empezado a tratar de detectar esos casos.

Durante los dos meses en que anduve peregrinando no dejé de recordar otros viajes similares que había realizado por el África subsahariana en 2003, cuando unos pocos países que tenían la suerte de contar con líderes conscientes de la nueva catástrofe sanitaria que se avecinaba por obra y gracia del sida habían empezado a pensar en la forma de tratar a los afectados por esa enfermedad. En 2009 se plantea una situación muy parecida con la tuberculosis multirresistente: abrimos los ojos a la amenaza inminente y también a modelos que nos sirvan para combatirla, incluso en las circunstancias más difíciles.

Resultó fascinante ver cómo los responsables de afrontar el problema de la tuberculosis multirresistente instituían planes para ello y después los iban puliendo día a día. En ningún lugar se hacía exactamente lo mismo, pues cada cual adaptaba los modelos a su epidemia, su sistema de atención sanitaria y su propia historia.

En Kazajstán, donde la preocupación era que la gente pasara mucho tiempo en interiores durante los largos y duros inviernos de la zona, cosa que propiciaba la diseminación de infecciones, se decidió ampliar el número de camas de hospital para los pacientes y se han empezado a instalar sistemas de control de infecciones para proteger al personal de salud de los hospitales. Lesotho ha impartido formación a cientos de trabajadores comunitarios de salud (a los que paga un pequeño salario) para que vigilen a los pacientes de las zonas aisladas. Y en Filipinas los enfermos, en lugar de ser hospitalizados, recibían tratamiento en centros de consulta al aire libre y después regresaban a su domicilio.

El modelo filipino, de hecho, había dado un fruto inesperado, algo que rara vez, por no decir nunca, había visto en casi veinte años de ir por el mundo informando sobre temas de salud: comunidades de enfermos que cuidan unos de otros.

En un dispensario de Manila donde se trataba la tuberculosis multirresistente vi cómo Antia Silverio, que había concluido su tratamiento apenas cinco meses antes, hacía recados para médicos, enfermeras y pacientes. Esa mujer de 48 años formaba parte de las docenas de ex pacientes que se habían convertido en voluntarios. No podía irse, me dijo: el personal de salud le había devuelto la vida, y ahora ella quería hacer lo mismo por los demás.

De mis viajes extraje la casi total certidumbre de que los gobiernos, pese al sinnúmero de obstáculos y problemas que existen, podrían vencer la enfermedad. El interrogante es: ¿lo lograrán? En los relatos que siguen el lector descubrirá cómo los gobiernos adoptaron iniciativas que salvaron miles de vidas. Salvaron a personas como Silverio, que pasa muchas horas a la semana simplemente sentada junto a los enfermos y alentándolos a tomar su medicina, por odioso que les resulte.

"Les digo: Mírame: soy vieja y he estado muy enferma. Si yo lo conseguí, tú también puedes."

¿Es un paciente la metáfora de una nación? Si Filipinas puede hacerlo, ¿pueden también los demás? Los expertos internacionales en tuberculosis así lo creen. Ahora los dirigentes de los países tienen que darles la razón.

John Donnelly
Febrero de 2009

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