Informe sobre la salud en el mundo

Capítulo 1: Salud mundial: retos actuales


La salud de los adultos en peligro: el ritmo de las mejoras disminuye y las diferencias se acentúan

Las tasas de mortalidad adulta han disminuido en los últimos decenios en la mayoría de las regiones del mundo. En los últimos 20 años, la esperanza de vida a los 15 años ha aumentado en la mayoría de ellas entre 2 y 3 años. Entre las excepciones más destacadas figuran los países con altos niveles de mortalidad de África, donde la esperanza de vida a los 15 años de edad disminuyó entre 1980 y 2002 en cerca de 7 años, y de Europa oriental (principalmente países antes pertenecientes a la Unión Soviética), donde en ese mismo periodo se registró una disminución de 4,2 años para los varones y de 1,6 años para las mujeres.

De los 45 millones de muertes de adultos de 15 años o más registradas en 2002, 32 millones -- es decir, cerca de tres cuartas partes -- se debieron a enfermedades no transmisibles, que se cobraron casi cuatro veces más vidas que las enfermedades transmisibles y las afecciones maternas, perinatales y nutricionales juntas (8,2 millones, lo que equivale al 18% del conjunto de causas). Los traumatismos provocaron en 2002 la muerte de otros 4,5 millones de adultos; es decir, en términos totales, fueron la causa de una de cada 10 defunciones de adultos. Más de 3 millones de esas muertes provocadas por traumatismos -- cerca del 70% del total -- correspondieron a los varones, más expuestos a sufrir traumatismos en accidentes de tráfico y a ser víctimas de actos de violencia o de guerra (los hombres corren un riesgo tres veces mayor en el primer caso y más de cuatro veces mayor en el segundo).

La importancia relativa de estas causas varía considerablemente de una región a otra. Así, por ejemplo, en África sólo 1 de cada 3 muertes de adultos es provocada por enfermedades no transmisibles, mientras que en los países desarrollados esa proporción es de 9 de cada 10. Resulta preocupante que en América Latina y en los países en desarrollo de Asia y de la Región del Pacífico Occidental 3 de cada 4 muertes de adultos se deban a enfermedades no transmisibles, lo que refleja el estado relativamente avanzado de la transición epidemiológica que se ha alcanzado en esas poblaciones y la aparición de la doble carga de morbilidad. En el cuadro 2 del anexo se ofrecen estimaciones de las muertes totales por causas de defunción registradas en 2002 en cada una de las subregiones epidemiológicas y en el conjunto del planeta. En el sitio web de la OMS pueden consultarse cuadros más detallados sobre las defunciones registradas en las distintas regiones, desglosadas por causas, grupos de edad y sexo (http://www.who.int/evidence/bod).

La figura 1.8 pone de relieve los marcados contrastes que existen entre las distintas partes del mundo en lo referente al proceso de transición sanitaria en los adultos (ž 15 años). En los países desarrollados, sólo el 5% de la carga total de morbilidad es imputable a enfermedades transmisibles y a afecciones maternas, perinatales y nutricionales, mientras que en las regiones en desarrollo con alta mortalidad ese porcentaje asciende a un 40%. En las regiones de África en las que durante el pasado decenio la epidemia de VIH/SIDA repercutió negativamente en la evolución de la transición sanitaria, dichas enfermedades pueden llegar a representar entre el 50% y el 60% de la carga total de morbilidad. En el cuadro 3 del anexo se pueden consultar las estimaciones para 2002 de los AVAD correspondientes a las distintas subregiones epidemiológicas y al conjunto del mundo.

Figura 1.8
Figura 1.8

En el cuadro 1.2, se indican las 10 causas principales de morbilidad para los hombres y mujeres de 15 años o más. Las cardiopatías isquémicas y los ataques apopléticos (enfermedades cerebrovasculares) figuran a nivel mundial entre las tres principales causas de morbilidad en adultos varones. El VIH/SIDA, al que corresponde alrededor del 6% de la carga mundial de morbilidad, constituye la primera causa por orden de importancia en los hombres y la segunda entre las mujeres. Los trastornos relacionados con la depresión unipolar representan la principal causa de morbilidad femenina, pues su prevalencia es mayor en las mujeres. Aunque las afecciones maternas consistentes en hemorragias, septicemias y parto obstruido no aparecen en el cuadro 1.2, como grupo constituyen una de las principales causas de morbilidad de la mujer a nivel global, lo que refleja la persistencia de elevados niveles de mortalidad materna en muchos países en desarrollo, así como los altos niveles de discapacidad provocados por esas dolencias.

En la sección siguiente se ofrece una sinopsis del riesgo de muerte prematura en los adultos, expresada en términos de probabilidades de morir entre los 15 y los 60 años de edad -- proporción de personas de 15 años que fallecerán antes de cumplir 60 años --, y se examina la distribución mundial de las causas de defunción para el grupo de edades comprendidas entre los 15 y los 59 años. Seguidamente abordaremos la salud de los adultos de 60 o más años.

Distribución mundial del riesgo de mortalidad prematura

La probabilidad que tienen los adultos de sufrir una muerte prematura varía ampliamente de una región a otra, como se puede observar en la figura 1.9. Así, por ejemplo, en algunas partes del África subsahariana ese riesgo es mucho más elevado (casi cuatro veces más) que el observado en países con baja mortalidad pertenecientes a la Región del Pacífico Occidental. Incluso dentro de las regiones desarrolladas se dan importantes variaciones. En algunos países de Europa oriental los varones tienen entre tres y cuatro veces más probabilidades de ser víctimas de una muerte prematura que los hombres de otras regiones desarrolladas. Por otra parte, la mortalidad de adultos varones es mucho más elevada en Europa oriental que en algunos países en desarrollo de las Américas, Asia y la Región del Mediterráneo Oriental. En todas las regiones, la mortalidad masculina es más elevada que la femenina, y esa discrepancia entre ambos sexos en lo referente al riesgo de mortalidad es mucho más acusada que la que se puede observar entre los niños. En cambio, la variación en la proporción de mujeres que mueren prematuramente es mucho menos pronunciada.

Figura 1.9
Figura 1.9

Tendencias de la mortalidad de adultos: grupo de 15--59 años

En los últimos cinco decenios se han logrado en todo el mundo extraordinarias mejoras en lo referente al estado de salud de los adultos. El riesgo de morir entre los 15 y los 60 años ha disminuido sustancialmente, de una media mundial de 354 por 1000 habitantes en 1955 a 207 por 1000 en 2002. La desaceleración registrada en los últimos tiempos en el ritmo de descenso es una clara advertencia de que no va a ser fácil lograr una reducción continuada de la mortalidad adulta, particularmente en los países en desarrollo.

Existen diferencias sustanciales en cuanto al ritmo y la magnitud de las tendencias a la baja registradas en relación con la mortalidad prematura en la edad adulta, y ello tanto entre hombres y mujeres como entre las distintas regiones del mundo (véase la figura 1.10). La ralentización mundial de ese ritmo se debe principalmente a los cambios registrados por la mortalidad adulta en algunas regiones. Entre los indicios de un empeoramiento de la salud de los adultos, resulta especialmente preocupante que en África la mortalidad adulta haya cambiado de signo, pasando en 1990 de un estado de disminución paulatina a una situación marcada por un rápido aumento de las tasas. En algunas partes del África subsahariana esa inversión de la tendencia ha sido tan drástica que las tasas actuales de mortalidad adulta superan los niveles registrados tres decenios atrás. En Zimbabwe el aumento de las defunciones registradas de adultos fue mucho más importante en el periodo 1991--1995 que entre 1986 y 1990. La mortalidad de los niños mayores y de los adultos de más edad apenas ha cambiado (9). De no ser por el VIH/SIDA, la esperanza de vida al nacer en la Región de África habría sido en 2002 casi 6,1 años más alta. La disminución de la esperanza de vida varía notablemente entre las distintas regiones de África. El impacto ha sido especialmente devastador en Botswana, Lesotho, Swazilandia y Zimbabwe, donde el VIH/SIDA ha acortado en más de 20 años la esperanza de vida de hombres y mujeres.

Figura 1.10
Figura 1.10

El frágil estado de la salud adulta, en medio de un clima general de inestabilidad social, económica y política, también es patente en numerosas regiones de otros continentes. En algunos países de Europa oriental, la mortalidad de varones ha aumentado notablemente y se acerca cada vez más a los niveles de mortalidad adulta vigentes en algunos países africanos. De hecho, el riesgo medio de mortalidad para la Región de Europa en su conjunto ha pasado a situarse para los adultos varones con edades comprendidas entre los 15 y los 60 años en 230 por 1000 habitantes, un nivel similar al registrado en el decenio de 1980. Esto contrasta con la continua tendencia a la baja registrada para las mujeres en el conjunto de la región, donde ese riesgo ha disminuido de 130 en 1970 a 98 en 2002. Como se puede observar en la figura 1.8, la probabilidad de los adultos de 15--59 años de morir de resultas de un traumatismo es seis veces más elevada si viven en un país de Europa oriental que si residen en un país vecino de Europa occidental.

Mortalidad de adultos: las diferencias se acentúan

La progresiva disminución de la mortalidad adulta en las regiones con baja mortalidad, unida a la inversión de esa tendencia en las regiones con alta mortalidad, ha traído consigo una ampliación de las diferencias mundiales en esta esfera. La brecha entre las regiones que presentan, respectivamente, el riesgo más bajo y el riesgo más elevado de mortalidad adulta entre los 15 y los 60 años ha pasado a situarse en 2002 en 340 por 1000 habitantes. Tras ese valor agregado regional de mortalidad adulta se ocultan igualmente enormes disparidades entre los países, que invitan a reflexionar. Así, por ejemplo, en la Región del Mediterráneo Oriental, en 2002 el riesgo de morir entre los 15 y los 60 años era siete veces mayor para las mujeres adultas de Djibouti que para las de Kuwait. En términos globales, la tasa de mortalidad adulta más elevada a nivel de país es casi 12 veces superior a la tasa de mortalidad más baja (véase el cuadro 1 del anexo).

VIH/SIDA: la principal amenaza para la salud

En el cuadro 1.3 se indican las principales causas de defunción y los AVAD para 2002 en adultos a nivel mundial. Pese a una tendencia mundial hacia la disminución de la carga de morbilidad adulta atribuible a las enfermedades transmisibles, el VIH/SIDA se ha convertido en la principal causa de defunción y en el factor que por sí solo más contribuye a la carga de morbilidad de los adultos con edades comprendidas entre los 15 y los 59 años (véase el capítulo 3).

Cerca del 80% de los 3 millones de muertes provocadas en 2002 en todo el mundo por el VIH/SIDA corresponden al África subsahariana. Como ya se ha indicado, el VIH/SIDA constituye en esta región la principal causa de defunción. Esta enfermedad provoca cada día más de 6000 muertes y es responsable de una de cada dos defunciones de adultos con edades comprendidas entre los 15 y los 59 años. El VIH/SIDA ha invertido en esta región las tendencias de mortalidad adulta, haciendo que las mejoras de la esperanza de vida dieran paso a partir de 1990 a un continuado empeoramiento de esa variable.

Mortalidad y morbilidad en adultos de edad avanzada

En los países en desarrollo, el 42% de las muertes de adultos tienen lugar después de los 60 años, mientras que en los países desarrollados ese porcentaje asciende al 78%. En términos mundiales, las personas de 60 años tienen un 55% de posibilidades de morir antes de cumplir los ochenta. En lo que respecta a las edades más avanzadas, las variaciones regionales en cuanto al riesgo de defunción son menos pronunciadas y oscilan entre el 40% para la mayoría de los países desarrollados de Europa occidental, el 60% para la mayoría de las regiones en desarrollo, y el 70% para el continente africano. Los datos históricos correspondientes a países como Australia o Suecia muestran una lenta evolución de la esperanza de vida restante a los 60 años durante los primeros seis o siete decenios del siglo XX, seguida de un incremento sustancial a partir de 1970 aproximadamente. En el Japón, la esperanza de vida restante a los 60 asciende ya a 25 años. A partir de 1990, algunos países de Europa oriental, como Hungría o Polonia, empezaron a experimentar mejoras similares en lo que respecta a la mortalidad de las personas de edad avanzada, aunque otros, como la Federación de Rusia, no han corrido la misma suerte y están registrando tendencias de empeoramiento de esas tasas. Las principales causas que conforman la carga de mortalidad y morbilidad en personas de edad avanzada no han variado significativamente a lo largo de la última década.

Carga creciente de enfermedades no transmisibles

La carga atribuible a enfermedades no transmisibles va en aumento y representa actualmente casi la mitad de la carga mundial de morbilidad (para todas las edades), lo que supone un incremento del 10% con respecto a los niveles estimados para 1990. Mientras que la proporción de la carga imputable a enfermedades no transmisibles se mantiene estable en los países desarrollados, rondando el 80% para los adultos de 15 años o más, en los países de ingresos medios esa proporción rebasa ya el 70%. Un dato sorprendente es que en las regiones del mundo con alta mortalidad cerca del 50% de la carga actual de morbilidad adulta viene impuesta por enfermedades no transmisibles. El envejecimiento de la población (véase el recuadro 1.3) y los cambios en la distribución de los factores de riesgo han acelerado en muchos países en desarrollo la epidemia de enfermedades no transmisibles (10).

Recuadro 1.3 El envejecimiento de la población

Se está produciendo en todo el planeta una revolución demográfica. Actualmente hay en el mundo unos 600 millones de personas mayores de 60 años. Ese número se habrá duplicado en 2025, y en 2050 se habrá transformado en 2000 millones, la mayoría de las cuales se encontrarán en el mundo en desarrollo. Ese envejecimiento acelerado de la población mundial aumentará las demandas económicas y sociales en todos los países.

Si bien las consecuencias del envejecimiento de la población en el terreno de la salud y la seguridad de los ingresos están ya muy presentes en los debates de los formuladores de políticas y los planificadores en el mundo desarrollado, aún no se reconoce en toda su magnitud la velocidad y el impacto de ese fenómeno en las regiones menos desarrolladas. Para 2025, en países como el Brasil, China y Tailandia, la proporción de personas de edad superará el 15% de la población, mientras que en Colombia, Indonesia y Kenya las cifras absolutas aumentarán en un 400% a lo largo de los próximos 25 años, lo que supone ocho veces más que los aumentos registrados en sociedades ya viejas de Europa occidental en las que el envejecimiento de la población se ha producido a lo largo de periodos mucho más largos (11).

El envejecimiento de la población se ve impulsado por dos factores, a saber, una disminución de la proporción de niños, reflejo a su vez de una disminución de las tasas de fecundidad en la población general, y un aumento de la proporción de adultos de más de 60 años, consecuencia de la disminución de las tasas de mortalidad. Esta transición demográfica traerá consigo varios retos importantes para los planificadores de la salud y las políticas sociales. Conforme envejecen las poblaciones, aumenta la carga de enfermedades no transmisibles. La evidencia acumulada en los países desarrollados, sin embargo, muestra que la prevalencia de enfermedades crónicas y los niveles de discapacidad entre las personas mayores pueden reducirse adoptando medidas apropiadas de promoción de la salud y estrategias de prevención de las enfermedades no transmisibles. Un hecho especialmente preocupante es el aumento de la prevalencia de factores de riesgo de enfermedades crónicas observado en los países en desarrollo. Las oportunidades perdidas por los sistemas de salud para afrontar o gestionar las enfermedades no transmisibles relacionadas con la edad se traducirán en aumentos de la incidencia, de la prevalencia y de las complicaciones asociadas a estas enfermedades, y pueden por tanto desviar recursos de otras prioridades como la salud maternoinfantil.

La mejora de los sistemas de salud y de sus respuestas al envejecimiento de la población está justificada económicamente. Con unas razones de dependencia de las personas mayores que están aumentando prácticamente en todos los países del mundo, la contribución económica y los papeles productivos de las personas mayores cobrarán mayor importancia. Ayudar a la gente a mantenerse sana y a asegurarse una buena calidad de vida para sus últimos años de vida constituye uno de los mayores retos para el sector sanitario de los países tanto desarrollados como en desarrollo(12).

Los trastornos cardiovasculares representan el 13% de la carga de morbilidad en adultos de 15 años o más. La cardiopatía isquémica y las enfermedades cerebrovasculares son las dos causas que más contribuyen a la carga de mortalidad y morbilidad en los adultos de edad avanzada (mayores de 60 años). En los países desarrollados, las cardiopatías isquémicas y las enfermedades cerebrovasculares causan conjuntamente más del 36% de las muertes, siendo las tasas de mortalidad más elevadas para los varones que para las mujeres. El incremento de la mortalidad por enfermedades cardiovasculares en los países de Europa oriental se ha visto contrarrestado por los continuos descensos registrados en muchos otros países desarrollados. En las regiones en desarrollo, en cambio, la mortalidad y la morbilidad atribuibles a esas afecciones están aumentando rápidamente (véase el capítulo 6).

De los 7,1 millones de muertes causadas por el cáncer que, según se estima, se produjeron en 2002, el 17% son atribuibles al cáncer de pulmón, y tres cuartas partes de ese porcentaje corresponden a varones (13). Se calcula que en 2000 el número de defunciones causadas por cáncer de pulmón ascendía a 1,2 millones; esto supone un incremento de cerca del 30% en los 10 años transcurridos desde 1990, y refleja la aparición de la epidemia de tabaquismo en los países de ingresos bajos y medios.

El cáncer de estómago, que hasta hace poco ocupaba el primer puesto mundial en lo que a mortalidad causada por el cáncer se refiere, ha retrocedido en todos los lugares del planeta donde es posible evaluar de un modo fiable las tendencias y provoca actualmente 850 000 muertes anuales, es decir, casi una tercera parte menos que el cáncer de pulmón. Los cánceres de hígado y de colon y recto son la tercera y cuarta causas. Se estima que más de la mitad de los casos de cáncer hepático se dan en la Región del Pacífico Occidental. Entre las mujeres, el cáncer más mortífero es el de mama. Aunque durante el pasado decenio las tasas de supervivencia para este tipo de cáncer han mejorado, las posibilidades de sobrevivir a la enfermedad varían en función de factores como la cobertura de la prevención secundaria y el acceso a la misma. En términos mundiales, los trastornos neuropsiquiátricos son responsables del 19% de la carga de morbilidad adulta (véase el recuadro 1.4), atribuible en su inmensa mayoría a problemas de salud no mortales.

Recuadro 1.4 La carga de morbilidad mental

Los trastornos mentales, neurológicos y por uso de sustancias son responsables de una importante carga de morbilidad y discapacidad: globalmente, el 13% de los años de vida ajustados en función de la discapacidad (AVAD) y el 33% de los años perdidos por discapacidad (APD). Detrás de estas crudas cifras encontramos otra carga de sufrimiento humano: más de 150 millones de personas sufren depresión en algún momento de la vida; casi un millón de personas se suicidan cada año, y aproximadamente 25 millones sufren esquizofrenia, 38 millones epilepsia, y más de 90 millones trastornos de abuso de alcohol o drogas.

Una gran proporción de los afectados no reciben atención sanitaria para su dolencia, en primer lugar porque la infraestructura y los servicios de salud mental de la mayoría de los países son claramente insuficientes para las muchas y crecientes necesidades (14), y en segundo lugar porque los muy extendidos problemas de estigmatización y discriminación les impiden buscar ayuda. El 40% de los países carecen de una política de salud mental, y el 25% de los que disponen de tal política no tienen asignado ningún presupuesto para aplicarla. Los presupuestos, donde existen, son muy pequeños: el 36% de los países dedican menos del 1% de todos sus recursos de salud a la atención de salud mental. Aunque se admite que los servicios comunitarios son los más eficaces, el 65% de todas las camas para enfermos mentales se encuentran aún en hospitales psiquiátricos, lo que recorta los ya exiguos presupuestos y confía los cuidados asistenciales a un entorno que viola los derechos humanos básicos de los pacientes.

Se dispone de intervenciones de atención sanitaria costoeficaces. Investigaciones recientes demuestran claramente que trastornos como la depresión, la esquizofrenia, el alcoholismo y la epilepsia pueden ser tratados en el marco de la atención primaria. Dicho tratamiento está claramente al alcance incluso de los países de bajos ingresos y reducirá sustancialmente la carga global de esas enfermedades. Las intervenciones implicadas se basan en el uso de medicamentos baratos fácilmente accesibles y que en su mayor parte ya no están sujetos a patente, así como en una formación básica de los profesionales de la salud (15).

La salud mental también incide en los sistemas asistenciales por otras vías. Una gran proporción de las personas con enfermedades físicas crónicas como diabetes e hipertensión, tumores malignos y VIH/SIDA sufren al mismo tiempo un estado de depresión que interfiere en su observancia de los regímenes de tratamiento. Diversos factores comportamentales y relacionados con el estilo de vida también son responsables de numerosas enfermedades transmisibles y no transmisibles (10). Aunque esas asociaciones han sido ampliamente reconocidas, la mayoría de los países no están usando adecuadamente tal información para aumentar la eficacia de sus sistemas asistenciales.

Traumatismos: una epidemia oculta que afecta sobre todo a los varones jóvenes

Los traumatismos, tanto accidentales como intencionales, afectan principalmente a los adultos jóvenes y tienen a menudo graves consecuencias discapacitantes. En términos globales, los traumatismos contribuyeron en 2002 en un 14% a la carga mundial de morbilidad adulta. En algunas partes de las Regiones de las Américas, Europa oriental y el Mediterráneo Oriental, más del 30% de la carga total de morbilidad correspondiente a los adultos varones con edades comprendidas entre los 15 y los 44 años es atribuible a los traumatismos.

Entre los hombres, los traumatismos por accidentes de tráfico, los actos de violencia y las autolesiones figuran entre las 10 causas principales de morbilidad para el grupo de edades comprendidas entre los 15 y los 44 años. En términos mundiales, los traumatismos por accidentes de tráfico constituyen para ese grupo de edad y sexo la tercera causa de morbilidad, precedida solamente por el VIH/SIDA y la depresión unipolar. La carga atribuible a los traumatismos por accidentes de tráfico va en aumento, especialmente en los países en desarrollo del África subsahariana y de Asia sudoriental, y afecta sobre todo a los varones (véase el capítulo 6).

Los traumatismos intencionales, que incluyen también las autolesiones, el suicidio y los actos de violencia y de guerra, representan una parte cada vez mayor de la carga, sobre todo entre los adultos jóvenes económicamente productivos. En los países desarrollados, los suicidios acaparan la proporción más importante de la carga atribuible a los traumatismos intencionales, mientras que en las regiones en desarrollo son la violencia y la guerra las que ocupan el primer lugar. En los países de la antigua Unión Soviética y en otras naciones de Europa oriental con alta mortalidad, la carga de mortalidad y morbilidad de varones imputable a los traumatismos es similar a la registrada en el África subsahariana.

Afecciones con consecuencias no mortales

La carga total de afecciones discapacitantes con consecuencias no mortales está dominada por un grupo relativamente reducido de causas. En todas las regiones, los trastornos neuropsiquiátricos, principalmente la depresión, constituyen la causa de discapacidad más importante y son responsables de más del 35% de APD entre los adultos (ž 15 años). La carga de discapacidad a ellos asociada es prácticamente la misma para hombres y mujeres, aunque con diferencias en cuanto a las principales causas contribuyentes. Así, por ejemplo, la carga atribuible a la depresión es un 50% más elevada para las mujeres que para los varones; lo mismo ocurre también con los síndromes de ansiedad, la jaqueca y la demencia senil. En cambio, la carga atribuible a los trastornos asociados al abuso de alcohol y de drogas es casi seis vez superior en los varones que en las mujeres y representa una cuarta parte de la carga de morbilidad masculina causada por trastornos neuropsiquiátricos.

En las regiones en desarrollo con alta mortalidad, los trastornos de la visión, la pérdida de oído y el VIH/SIDA son factores que también contribuyen en buena medida a los APD. En las regiones desarrolladas y en las regiones en desarrollo con baja mortalidad los factores que más discapacidad provocan en los adultos son los trastornos de la visión, la pérdida de oído, las afecciones osteomusculares, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica y otras enfermedades no transmisibles, en particular los accidentes cerebrovasculares.1

Sorprendentemente, más del 80% del total mundial de APD se concentra en los países en desarrollo, y cerca de la mitad corresponde a países en desarrollo con alta mortalidad. Según puede apreciarse en la figura 1.11, las tasas de APD por 1000 habitantes (ajustadas por edad considerando la población mundial en 2002) son más elevadas en el caso de las regiones en desarrollo, lo que refleja una mayor incidencia de los trastornos discapacitantes, que por añadidura revisten más gravedad. Aunque en los países con alta esperanza de vida la prevalencia de trastornos discapacitantes como la demencia o las enfermedades osteomusculares es más elevada, esto se ve contrarrestado por la menor carga de otras afecciones discapacitantes como los trastornos cardiovasculares, las enfermedades respiratorias crónicas o las secuelas a largo plazo de enfermedades transmisibles o carencias nutricionales. Dicho de otro modo, los habitantes de los países en desarrollo, además de tener una menor esperanza de vida (o correr un mayor riesgo de muerte prematura) que los de los países desarrollados, pasan una proporción más elevada de su vida con problemas de salud.

Figura 1.11
Figura 1.11

La esperanza de vida sana varía entre las distintas regiones del mundo más aún que la esperanza de vida total, y en 2002 oscilaba entre los 41 años y los 71,4 años, correspondientes respectivamente al África subsahariana y a Europa occidental, con un promedio mundial situado en 57,7 años. Para establecer la esperanza de vida sana se convierte la esperanza de vida total en su equivalente en años vividos con «perfecta salud», tomando en cuenta para ello los años pasados en condiciones en que no se goza de plena salud debido a enfermedades o traumatismos. La diferencia entre la esperanza de vida total y la esperanza de vida sana -- es decir, el número de años de vida sana perdidos de resultas de estados en que la población no disfruta de plena salud -- varía entre un 9% en las Regiones de Europa y del Pacífico Occidental y un 15% en África. En el cuadro 4 del anexo se incluyen estimaciones de la esperanza de vida sana en los distintos Estados Miembros de la OMS para 2002.

En conclusión, el presente capítulo sirve de recordatorio de que los niños figuran entre los miembros más vulnerables de la sociedad en todo el mundo. Aunque se han alcanzado logros importantes, todavía queda mucho por hacer y urge reducir las defunciones infantiles atribuibles a causas prevenibles. Los buenos resultados obtenidos en numerosos países pobres de todas las regiones demuestran claramente que aun con recursos limitados se pueden lograr importantes avances. Por desgracia, en muchos otros países, en su mayoría africanos, las mejoras obtenidas en décadas anteriores se han malogrado. Las diferencias de mortalidad entre las poblaciones ricas y pobres son cada vez más grandes, de manera que un 7% de todos los niños del mundo y un 35% de los africanos presentan hoy un mayor riesgo de defunción que hace 10 años.

En las últimas cinco décadas se han observado en el mundo mejoras extraordinarias en materia de salud adulta. Las cifras medias ocultan, no obstante, ciertas disparidades en la salud de la población. Especialmente preocupantes resultan las inversiones de las tendencias de mortalidad adulta registradas en el decenio de 1990 en el África subsahariana de resultas del VIH/SIDA y en algunas partes de Europa oriental debido a diversas enfermedades no transmisibles (particularmente, las afecciones cardiovasculares y las relacionadas con el consumo de alcohol) y a los traumatismos.

Las tendencias demográficas y las transiciones sanitarias, junto con los cambios en la distribución de los factores de riesgo, han acelerado la epidemia de enfermedades no transmisibles en muchos países en desarrollo. Algunas enfermedades infecciosas, como el VIH/SIDA o la tuberculosis, tienen graves consecuencias socioeconómicas tanto en el mundo desarrollado como en el mundo en desarrollo. Por consiguiente, la mayoría de los países en desarrollo encaran una doble carga compuesta por las enfermedades transmisibles y las enfermedades no transmisibles. Además, contrariamente a lo que se suele creer, las discapacidades tienden a presentar una mayor prevalencia en las regiones en desarrollo, puesto que la carga de morbilidad suele recaer sobre todo en las subpoblaciones más vulnerables. Las autoridades de salud pública del mundo entero se encuentran ahora con pautas de morbilidad adulta más complejas y diversas de lo previsto. Se estima que el 47% de las muertes prematuras y el 39% de la carga total de morbilidad se deben mayormente a 20 factores de riesgo causantes de enfermedades y traumatismos en niños y adultos y que, de eliminarse esos riesgos, la esperanza de vida sana mundial aumentaría en 9,3 años; la horquilla de dicha mejora se situaría entre unos 4,4 años para los países industrializados de la Región del Pacífico Occidental y 16,1 años para algunas partes del África subsahariana (16).

Los aumentos sin precedentes de la esperanza de vida a edades más avanzadas que se observan en los países desarrollados ya han rebasado todas las previsiones de esperanza de vida máxima de las poblaciones. Debido a esos incrementos, la carga de enfermedades no mortales está cobrando cada vez más importancia; uno de los objetivos primordiales de la política sanitaria en todo el mundo radicará pues en asegurar que la mayor longevidad vaya acompañada de más salud y menos discapacidad.

En este capítulo hemos descrito muchos aspectos de la vida y la muerte observados a lo largo del mundo, así como las tendencias que influyen en ellos. Buena parte de esos aspectos están muy ligados a los Objetivos de Desarrollo del Milenio relacionados con la salud. En el capítulo siguiente profundizaremos en esos objetivos y en las razones de que sea tan importante y al mismo tiempo tan difícil avanzar hacia su consecución.