Informe sobre la salud en el mundo

Capítulo 2: Objetivos de Salud del Milenio: caminos hacia el futuro


Un pacto para acabar con la pobreza

La idea de considerar los ODM como un pacto, que impone responsabilidades a países ricos y pobres, se afinó a comienzos de 2002 en Monterrey (México) en la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo. El Consenso de Monterrey (3), fruto de dicha conferencia, reafirma la importancia de los ODM y brinda un marco para crear las alianzas necesarias para su consecución. Al cabo de unos meses, en septiembre de 2002, la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, celebrada en Johannesburgo (Sudáfrica), hizo avanzar el proceso otro paso más, al reconocerse que reducir la pobreza y lograr los ODM era fundamental para el conjunto del programa de acción para el desarrollo sostenible (4). Tanto el Informe sobre el Desarrollo Mundial 2003 como el Informe sobre el Desarrollo Humano 2003 han seguido consolidando el concepto de un pacto, con miras a asegurar la formulación de políticas fundamentadas.

En los ODM se resumen algunos de los principales compromisos contraídos en las conferencias más importantes de las Naciones Unidas celebradas en el decenio de 1990. Estos objetivos también se basan en los objetivos internacionales de desarrollo establecidos por la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) en 1996 (5). Con todo, lo que los diferencia de sus predecesores es su naturaleza bidireccional. Los países en desarrollo tienen el cometido de cumplir los Objetivos 1 a 7. El Objetivo 8, en cambio, incumbe a los países desarrollados y establece las medidas que éstos pueden adoptar para crear un entorno más propicio en las esferas del comercio, la asistencia para el desarrollo, la deuda, los medicamentos esenciales y la transferencia de tecnología. Si no se logran progresos hacia el Objetivo 8, es poco probable que los países más pobres consigan salvar los obstáculos estructurales que los mantienen sumidos en la miseria o asegurar los niveles de inversión necesarios para alcanzar los demás objetivos.

Nuevos conceptos de pobreza y desarrollo

Desde comienzos del decenio de 1990, los conceptos de pobreza y desarrollo han ido evolucionando para dejar de hacer énfasis exclusivamente en los ingresos y avanzar hacia una noción más amplia de lo que constituye el bienestar de las personas; esto queda patente en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y en otros índices multifactoriales, que ofrecen, para medir el desarrollo, indicadores distintos del producto nacional bruto (PNB) per cápita (6).

Dentro de este nuevo planteamiento, la pobreza no sólo es sinónimo de bajo nivel de ingresos, sino también de debilitamiento de toda una serie de capacidades humanas fundamentales, incluidas las relacionadas con la salud. El término pobreza humana hace referencia a la carencia de medios para alcanzar dichas capacidades (por ejemplo, el acceso físico a la atención de salud) y a la falta de «factores de conversión» básicos que permitan poner remedio a esa situación (por ejemplo, el acceso social a la atención de salud) (7). El término desarrollo humano se aplica a los procesos que amplían las opciones de que disponen las personas para el disfrute efectivo de las capacidades antes citadas (por ejemplo, la posibilidad de optar por un modo de vida saludable) (8).

Interacción entre salud y desarrollo

Este nuevo concepto más complejo de pobreza y desarrollo tiene en cuenta los procesos interactivos que tan importantes resultan para la dinámica social del proceso de mejoramiento de la salud. Así, por ejemplo, las capacidades económicas afectan a la salud, ya que las limitaciones que conllevan los bajos ingresos restringen el acceso a la atención sanitaria y las oportunidades de promoción de la salud. Otro factor igualmente significativo es que la mala salud coarta las posibilidades de las personas de incrementar sus ingresos, lo que contribuye a la pobreza.

La relación de causalidad recíproca entre salud y desarrollo también ha sido resaltada por la Comisión sobre Macroeconomía y Salud, que ha hecho hincapié en el papel fundamental que la salud desempeña dentro del crecimiento económico (9). La importancia de la salud dentro de un modelo multidimensional de desarrollo humano sostenible es también uno de los principales mensajes transmitidos por los ODM.

Aunque los avances en la esfera sanitaria son importantes en sí mismos, asegurar una salud mejor también es un requisito previo para el desarrollo económico y la cohesión social y un importante impulsor de ambos objetivos. Y a la inversa, las mejoras en el acceso de las personas a la tecnología sanitaria constituyen un buen indicador del éxito de otros procesos de desarrollo. Todas estas vinculaciones quedan patentes en los ODM: tres de los ocho objetivos, ocho de las 18 metas exigidas para la consecución de estos últimos y 18 de los 48 indicadores de progreso están relacionados con la salud (véase el cuadro 2.1).

Los ODM están relacionados entre sí y son interdependientes. En muchos países va a ser imposible reducir a la mitad la pobreza de ingresos (Objetivo 1, meta 1) si no se adoptan medidas para mejorar la salud de la población. De modo análogo, eliminar las desigualdades entre los géneros (Objetivo 3) y aumentar los niveles de escolarización en la enseñanza primaria (Objetivo 2) son requisitos indispensables para avanzar en la mejora de los resultados sanitarios. La salud de la población ya no puede examinarse por separado, sin tener en cuenta cuestiones relacionadas con la gestión de los recursos naturales y la sostenibilidad ambiental (Objetivo 7). Así pues, es importante que los ODM referentes a la salud no se aborden de forma aislada -- como estrategias no relacionadas entre sí --, sino como el resultado, o el fruto esperado, de un programa de desarrollo en el que colaboran varias partes.

Uno de los objetivos más difíciles de cumplir, el de reducir en dos tercios la mortalidad en la niñez (Objetivo 4, meta 5), exige intervenciones técnicas que atajen las causas principales de las muertes infantiles, como la malnutrición, las infecciones y las enfermedades parasitarias. Ahora bien, la eficacia de esas intervenciones dependerá de una red de sistemas asistenciales, tanto públicos como privados, y estará supeditada a la consecución de niveles de financiación adecuados. Su efecto vendrá reforzado por diversas medidas, como por ejemplo las encaminadas a asegurar una mayor seguridad alimentaria o el acceso a la educación, a los medicamentos esenciales y al agua salubre, y por mejoras en la gestión del gasto público. La capacidad de los gobiernos para financiar esas actuaciones estará condicionada no sólo por las políticas nacionales e internacionales en la materia sino también por los entornos comerciales y, en los países más pobres, por la disponibilidad de fuentes externas de ayuda financiera. Los ODM constituyen, por consiguiente, un medio para la evaluación y el seguimiento de los avances que se van logrando en una serie de frentes decisivos; representan además un resumen de los logros, o resultados, que los gobiernos se han comprometido a cumplir, sin estipular los medios con que se deben alcanzar esos logros.