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Informe sobre la salud en el mundo

  OMS > Programas y proyectos > Informe sobre la salud en el mundo > Informe sobre la salud en el mundo 2005 - ¡cada madre y cada niño contarán!
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La salud maternoinfantil en sus inicios

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La creación de programas de salud pública para mejorar la salud de mujeres y niños tiene su origen en Europa, a finales del siglo XIX. Viendo las cosas retrospectivamente, los motivos a los que respondió esa preocupación parecen cínicos: los gobiernos veían en aquel entonces a las madres y niños sanos como un recurso para alcanzar sus ambiciones económicas y políticas. Muchos políticos europeos compartían la idea de que la mala salud de los niños de la nación constituía una amenaza para sus aspiraciones culturales y militares ( 4 ). Ese sentimiento llegó a ser particularmente fuerte en Francia y Gran Bretaña, que habían tenido dificultades para reclutar soldados con la forma física requerida para ir a la guerra. Los gobiernos vieron una posible solución en los experimentos pioneros franceses del decenio de 1890, como los dispensarios Goutte de lait (gota de leche) de Léon Dufour o las Consultations de nourrissons (centros de consultas para lactantes) de Pierre Budin ( 5 ). Esos programas ofrecían un modo científico y convincente para criar niños saludables que luego se convertirían en obreros productivos y robustos soldados. Los programas también fueron encontrando cada vez más apoyo en la emergente reforma social y los movimientos de beneficencia de la época. Esto hizo que, para comienzos del siglo XX, todos los países industrializados y sus colonias, así como Tailandia y muchos países latinoamericanos, hubiesen instituido al menos una forma embrionaria de servicios de salud maternoinfantil ( 6 ). La Primera Guerra Mundial aceleró ese movimiento. Josephine Baker, en aquel entonces Jefa de la División de Higiene Infantil en Nueva York, resumió la situación con las siguientes palabras:

«Por cruel que pueda parecer, alguien debería señalar que la Guerra Mundial mejoró indirectamente la suerte de los niños… Al ver que cada día los hombres morían por miles en los campos de batalla y que el número de bajas era cada vez mayor, las naciones en guerra, de uno y otro bando, empezaron a percatarse de que las nuevas vidas humanas, que más tarde podrían sustituir a las vidas adultas brutalmente arrebatadas, eran un bien nacional extremadamente valioso. [Los niños] cobraron así un nuevo protagonismo, convirtiéndose en la esperanza de la nación. Ésa es la manera más delicada de expresarlo. Un modo más despiadado – y sospecho que más ajustado a la verdad – de describir lo ocurrido es decir simple y llanamente que fue la utilidad militar de la vida humana lo que acarreó este cambio. Cuando una nación está librando una guerra o preparándose para librarla… tiene que asegurar sus futuras existencias de carne de cañón.» (7)

La preocupación por la salud de madres y niños se ganó pronto una legitimidad propia, más allá de cálculos militares y económicos. La creciente participación de diversas instancias – médicas y no médicas, benéficas y gubernamentales – resonó con las expectativas cada vez mayores y el creciente activismo político de la sociedad civil ( 1 ). Movimientos obreros, agrupaciones de mujeres, organizaciones benéficas y profesionales hicieron suya la causa de la salud maternoinfantil de muy diversas maneras. Así, por ejemplo, la Organización Internacional del Trabajo propuso en 1919 una serie de normas jurídicas para la protección de la maternidad en el trabajo; a comienzos de los años treinta el New York Times publicó artículos sobre la mortalidad materna; y en 1938, 60 asociaciones locales del Reino Unido proclamaron una Carta de derechos de la madre (Mothers’ Charter). Respaldada por una gran profusión de informes oficiales, la salud maternoinfantil pasó a ser una prioridad para los ministerios de salud. Los programas de salud maternoinfantil se convirtieron, junto con la lucha contra las enfermedades infecciosas, en un paradigma de la salud pública ( 8 ).

Pero cuando realmente empezaron a ganar terreno estos programas fue después de la Segunda Guerra Mundial. Los acontecimientos mundiales precipitaron el interés público por las funciones y responsabilidades de los gobiernos, y la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada en 1948 por unas Naciones Unidas recién creadas, consignaba la obligación de éstos de prestar «cuidados y asistencia especiales» a la maternidad y la infancia ( 9 ). Esto dotó a la cuestión de la salud maternoinfantil de una dimensión internacional y moral y supuso un enorme avance con respecto a las preocupaciones políticas y económicas que imperaban 50 años atrás.

Uno de los cometidos fundamentales asignados a la Organización Mundial de la Salud (OMS) en su Constitución de 1948 era «promover la salud y la asistencia maternal e infantil» ( 10 ). Para el decenio de 1950, los planes sanitarios nacionales y los documentos de política de los organismos de desarrollo insistían invariablemente en que las madres y los niños eran grupos vulnerables y, por consiguiente, eran «grupos destinatarios» prioritarios para la acción de salud pública. La noción de madres y niños como grupos vulnerables también fue crucial para el movimiento en pro de la atención primaria de salud lanzado en 1978 en Alma-Ata (ahora Almaty, en Kazajstán). Esta primera tentativa importante de lograr una ampliación en gran escala de la cobertura de la atención sanitaria en las zonas rurales impulsó los programas de salud maternoinfantil, haciendo hincapié en iniciativas destinadas a aumentar la cobertura inmunitaria y a luchar contra la malnutrición, las enfermedades diarreicas y los trastornos respiratorios. En la práctica, los programas de salud infantil solían constituir el contenido programático esencial – y a menudo el único – de los primeros intentos de aplicación de la atención primaria ( 11 ).

Footnotes

1 Loudon I. Childbirth. In: Bynum WF, Porter R, eds. Companion encyclopedia of the history of medicine. Londres y Nueva York, NY, Routledge, 1993:1050–1071.

4 Dwork D. War is good for babies and other young children. Londres, Tavistock, 1987.

5 Budin P. La mortalité infantile de 0 à 1 an. L’Obstétrique, 1903:1–44.

6 Ungerer RLS. Comecar de novo: Uma revisao historica sobre a crianca e o alojamento conjunto mae-filho. Rio de Janeiro, Papel Virtual Editora, 2000.

8 Van Lerberghe W, De Brouwere, V. Of blind alleys and things that have worked: history’s lessons on reducing maternal mortality. In: De Brouwere V, Van Lerberge W, eds. Safe motherhood strategies: a review of the evidence. Amberes, ITG Press, 2001:7–34 (Studies in Health Organization and Policy, 17).

9 Declaración Universal de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas. Nueva York, NY, Naciones Unidas, 1948.

10 Constitución de la Organización Mundial de la Salud, Artículo 2. Ginebra, Organización Mundial de la Salud, 1948 (http://policy.who.int/cgi-bin/om_isapi.dll?infobase=basic-sp&softpage=Browse_Frame_Pg42 ), visitado el 22 de noviembre de 2004).

11 Walsh JA, Warren K. Selective primary health care: an interim strategy for disease control in developing countries. New England Journal of Medicine, 1979, 301:967–974.

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