Buenos días, buenas tardes y buenas noches. Feliz Año Nuevo y bienvenidos a la primera rueda de prensa mundial de 2026.
El pasado viernes se cumplieron 1000 días de la guerra civil en el Sudán. Casi tres años de violencia continua han convertido la situación que atraviesa el Sudán en la peor crisis humanitaria del mundo.
Se calcula que 33,7 millones de personas necesitarán asistencia humanitaria este año, y 13,6 millones de personas están desplazadas, lo que convierte al Sudán en la mayor crisis de desplazados del mundo.
Las malas condiciones de vida, el hacinamiento, la falta de acceso al agua potable, el saneamiento y la higiene, y la interrupción de la vacunación sistemática están contribuyendo al aumento de brotes epidémicos.
La OMS apoya la respuesta a los brotes de cólera, dengue, paludismo y sarampión.
Sin embargo, justo cuando el pueblo sudanés más lo necesita, el sistema de salud se ha visto gravemente deteriorado como consecuencia de los ataques contra los servicios de atención de salud, la falta de suministros médicos esenciales, la escasez de personal de salud y el déficit de financiación.
Pese a los constantes esfuerzos realizados por la OMS y sus asociados para restablecer y reactivar los servicios de salud, más de un tercio de los establecimientos de salud siguen sin estar operativos.
La OMS pide acceso sin restricciones y en condiciones seguras a todas las zonas del Sudán con el fin de restablecer el acceso a los servicios de salud.
Pedimos la protección de los civiles frente a los ataques, incluidos los trabajadores humanitarios y de la salud y los pacientes.
Asimismo, pedimos el fin del conflicto a todas las partes implicadas en el Sudán.
Como decimos siempre, la mejor medicina es la paz.
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Pasamos ahora a nuestra noticia principal del día.
Como saben, durante el último año, los recortes repentinos y drásticos de la ayuda han provocado graves trastornos en los sistemas y servicios de salud en muchos países.
La OMS presta apoyo a los países para mantener los servicios esenciales de salud a corto plazo, al tiempo que moviliza los recursos nacionales para realizar la transición a largo plazo de la dependencia de la ayuda a una autosuficiencia sostenible.
Los impuestos al tabaco, el consumo de alcohol y las bebidas azucaradas son una de las herramientas más eficaces para conseguirlo.
Se ha demostrado que los impuestos a productos nocivos para la salud reducen el consumo de estos productos, lo que ayuda a prevenir enfermedades y reducir la carga que soportan los sistemas de salud.
Al mismo tiempo, generan una fuente de ingresos que los gobiernos pueden utilizar para invertir en salud, educación y protección social.
El año pasado, la OMS puso en marcha la iniciativa «3 para el 35», para ayudar a todos los países a utilizar los impuestos a productos nocivos para la salud para aumentar los precios reales del tabaco, el alcohol y las bebidas azucaradas para 2035.
Sin embargo, los impuestos a productos nocivos para la salud no son una medida que «se implanta y se olvida». Para ser eficaces, estos impuestos deben concebirse con detenimiento y ajustarse constantemente.
Desde 2008, la OMS publica periódicamente datos sobre la aplicación de impuestos al tabaco en nuestro informe bienal sobre la epidemia mundial de tabaquismo. Hoy publicamos nuevos informes sobre los impuestos al alcohol y las bebidas azucaradas.
Demuestran que, en la mayoría de los países, estos impuestos son demasiado bajos para ser eficaces, están mal concebidos, no se ajustan periódicamente y no suelen estar armonizados con los objetivos de salud pública.
Como consecuencia, el alcohol y las bebidas azucaradas son más asequibles, a pesar de que las enfermedades y las lesiones asociadas a su consumo siguen ejerciendo una creciente presión sobre los sistemas de salud, las familias y los presupuestos.
Los impuestos a productos nocivos para la salud no son una solución mágica ni son sencillos. Pueden ser impopulares desde el punto de vista político y suscitan la oposición de industrias poderosas con grandes recursos y mucho que perder.
Sin embargo, muchos países han demostrado que, cuando se aplican correctamente, son una herramienta poderosa en favor de la salud.
Por ejemplo, en Filipinas, una importante reforma de los impuestos al tabaco y el alcohol introducida en 2013 quintuplicó con creces los ingresos, lo que facilitó la extensión del seguro médico nacional a más de 15 millones de familias pobres.
En Lituania, el importante aumento de los impuestos al alcohol aplicado en 2017 se asoció a una reducción de casi un 5 % de la mortalidad por cualquier causa el año siguiente.
En el Reino Unido, un impuesto sobre las bebidas azucaradas introducido en 2018 redujo el consumo de azúcar, generó 338 millones de libras en ingresos solo en 2024 y se ha vinculado con una menor tasa de obesidad en niñas de 10 y 11 años, en particular en las zonas más desfavorecidas.
Muchos otros países siguen su ejemplo.
Malasia, Mauricio, Eslovaquia, Sri Lanka y Viet Nam fueron algunos de los países que el año pasado introdujeron o aumentaron los impuestos al tabaco, el alcohol o las bebidas azucaradas, o a los tres.
Este año, la India ha introducido un nuevo impuesto al consumo de tabaco y la Arabia Saudita ha introducido un impuesto especial escalonado a las bebidas azucaradas, con la aplicación de impuestos más altos a bebidas con mayor contenido de azúcares.
La OMS espera poder prestar apoyo a más países en la concepción y la aplicación de impuestos a productos nocivos para la salud destinados a proteger la salud y reducir la dependencia de la ayuda externa y avanzar hacia una autosuficiencia sostenible.
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Por último, me gustaría recordar que enero es el Mes de Concienciación sobre el Cáncer de Cuello Uterino.
El cáncer de cuello uterino es uno de los más prevenibles; aun así, se cobra la vida de muchas mujeres, principalmente en países de ingresos bajos y medianos.
Disponemos de las herramientas para que el cáncer de cuello uterino sea el primer cáncer en ser eliminado: vacunas para prevenirlo, pruebas para detectarlo y terapias para tratarlo.
Por eso, en 2018 hice un llamamiento mundial para eliminar el cáncer cervicouterino, tras el cual se adoptó, en 2020, una estrategia mundial con los objetivos 90-70-90:
90 % de las niñas vacunadas;
70 % de las mujeres sometidas a pruebas de tamizaje, y
90 % de las mujeres con cáncer de cuello uterino o lesiones precancerosas en tratamiento, todo ello para 2030.
Desde entonces, cerca de 60 países han introducido la vacunación contra el virus del papiloma humano (VPH), y 162 países incluyen actualmente esta vacuna en su calendario nacional de vacunación.
El 65 % de las niñas en todo el mundo viven en un país donde la vacuna contra el VPH está incluida en el calendario de vacunación. Se prevé que esta proporción aumente a más del 80 % en los próximos meses a medida que más países incluyan el VPH en sus calendarios, incluida la India.
Muchos países, de todos los niveles de ingresos, están demostrando que la eliminación está a nuestro alcance mediante la integración de la vacunación, el tamizaje y el tratamiento.
A finales del año pasado, Australia anunció que no había diagnosticado casos de cáncer de cuello uterino en mujeres menores de 25 años en 2021. Varios países de Europa siguen a Australia de cerca.
Rwanda se propuso alcanzar los objetivos 90-70-90 antes del 2027, tres años antes de la fecha prevista, y ya ha vacunado al 77 % de las niñas, examinado al 31 % de las mujeres y tratado al 81 % de las mujeres con cáncer de cuello uterino o lesiones precancerosas.
De Bhután al Brasil, de Chile a China, del Pakistán a Papua Nueva Guinea, de Sierra Leona a San Vicente y las Granadinas y de Timor-Leste a Tanzanía, decenas de países están ampliando la vacunación, el tamizaje y el tratamiento.
Están demostrando que eliminar el cáncer de cuello uterino no es un sueño imposible, sino una meta alcanzable.
Christian, le devuelvo la palabra.